Relato: EN LA OSCURIDAD

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Natalia es una adolescente que no tuvo una infancia fácil. De aquel periodo cuesta encontrar un momento en el que las sonrisas estuvieran por encima de las lágrimas, del dolor. En la más absoluta oscuridad deseó un abrazo de verdad, una caricia, una de esas caricias que otras niñas recibían entre los brazos de sus padres. Con los años fue acostumbrándose, pero el daño estaba hecho. De eso jamás podría librarse. ¿Quién podría hacerlo? ¿Quién podría librarse de algo así? Recién cumplidos los nueve años, vivió una experiencia que cambiaría su vida para siempre.

Todo sucedió una madrugada aparentemente tranquila, por fin una madrugada tranquila. El interior de la habitación nada tenía que ver con la furia que campaba a sus anchas en el exterior. Sobre las persianas golpeaba el viento y la lluvia caía por tercera hora consecutiva. Los coches apenas transitaban ya por la carretera, y los motores que se dejaban sentir desde la séptima planta del edificio, pertenecían a los camiones de la basura. El barrio descansaba hasta la mañana siguiente, al igual que lo hacía ella.

Como siempre lo hacía rodeada de sus muñecos y peluches. Los tenía de todos los tamaños y colores, especies animales o niñas de trapo con decenas de pecas marrones. Unos en sus pies, los más queridos sobre la almohada. No había nada que le gustara más que acariciarlos antes de quedarse dormida. Con suavidad pasaba sus manos sobre ellos para otorgarles vida, forma dentro de su cabeza. Si hay algo de lo que la pequeña Natalia disfrutaba, era de su privilegiada imaginación. Con ella escapaba a lugares nunca vistos.  Abrazada a Teresa, una muñeca a la que había puesto el nombre de su madre, tuvo un pequeño sobresalto.

Sin llegar a despertarse del todo, se mostró inquieta bajo las sábanas. Involuntariamente desplazó con el brazo a Teresa, que acabó en el suelo junto a un peluche verde, una especie de lagarto o rana con ojos amarillos y saltones. La niña movía los pies, daba pequeñas patadas a la vez que balbuceaba algo parecido a palabras.

Sobre la repisa de la ventana cayeron con mayor intensidad las gotas de agua. También el viento sopló con más fuerza, a lo que se le sumaron mudos relámpagos seguidos de sonoros truenos. La tranquilidad aparente se vio interrumpida en apenas unos pocos segundos, pero ella, Natalia, aún dormía. Aunque comenzó a moverse mucho más. Podía entenderse alguna de las palabras que hablaba en sueños y todo apuntaba a que no lo estaba pasando bien. Lo que en aquellos momentos respiraba en el interior de su habitación azul, comenzaba a parecerse a lo de otras noches. Una de sus manos agarró la sábana tirando de ella hasta destapar su torso.

El pijama de jirafas era su favorito. El que llevaba puesto. La parte superior, con tanto movimiento, se había retorcido dejando al descubierto parte de la espalda. Sobre ella, aún quedaban muestras de pesadillas, de horas de no sueño… Señales de lo contrario al cariño.

—¡Mamá!— gritó Natalia a la vez que un trueno retumbó en la habitación.

La pequeña se incorporó y buscó a ciegas a Teresa, a la que terminó encontrando con sus manos frías y temblorosas. La abrazó con todas sus fuerzas. No era la primera vez que la muñeca se caía de la cama, tampoco era la primera vez que…

— ¡Mamá! ¡Mamá!— repetía una y otra vez.

No muy lejos de ella, escuchó unas palabras que resultaron tranquilizadoras. De repente el calor llenó la habitación alejando el frío que llegaba de fuera.

— Tranquila cariño, tranquila— dijo su madre entrando a la habitación.

Natalia respiró de manera acelerada. Esperó unos segundos hasta estar segura de que podría hablar sin que la falta de aire la interrumpiera.

— No quiero que vuelva, mamá, no quiero que vuelva— dijo Natalia con un tono muy débil apunto de romper a llorar.

Su madre caminó hacia la cama y muy despacio se sentó junto a ella. Antes de acariciar su mejilla esbozó una ligera sonrisa. Sin preguntar nada, ella sabía perfectamente a lo que se refería su hija. No era la primera vez. Había sido también víctima. Por desgracia había asistido a episodios iguales, todos insoportables.

— No pasa nada, mamá está aquí contigo.

Teresa sentía el dolor de su hija. Era imposible no hacerlo a tenor del tono de la pequeña.

— Sé que va a venir otra vez, y me hará daño, mamá… No quiero que vuelva a pasar. Papá nunca me cree, se lo cuento y no me cree.

La madre miró a su hija unos segundos mientras acariciaba su mejilla. Con mucha delicadeza arropó a la pequeña. Quiso con ese gesto protegerla, aislarla de la verdad que su hija relataba y que noche tras noche la mantenía encerrada en una pesadilla.

— Eso no va a pasar más— aseguró la madre con tono firme.

La sombra. Ese ser alto y delgado aparecería para acompañar a Natalia, para destapar su alma. Se acercaría a ella muy despacio y pondría su…

— Él… va a…— Las palabras de la niña se desvanecieron poco a poco.

— Duerme tranquila cariño, que mamá va a cuidar de ti. Yo cuidaré de ti— aseguró Teresa, su mamá, más convencida que nunca.

Había algo a lo que temía más que nada, más que a nadie. Llegaba un momento en el que la niña no diferenciaba lo real de lo imaginario. Podía gritar con más fuerza que nunca, pero no por ello iba a ser escuchada. Cuando encontraba respuesta a su dolor quizás ya era demasiado tarde, de nada servían los lamentos si sobre su piel aún podía sentir sus manos… Unas manos grandes y muy frías que apretaban su blanca piel hasta marcarla. Aquella noche parecía no ser diferente.

El sueño retornó, pero no por mucho tiempo. Solía pasar así.

Unos nudillos llamaron a la puerta de la habitación. Tres leves toques fueron suficientes para que Natalia volviera a moverse bajo las sábanas. Unos segundos después los toques se repitieron. No fueron los últimos, se sucedieron unos cuantos más hasta que la pequeña abrió sus ojos a la oscuridad.

Sin querer llamar mucho la atención, abrazó casi con disimulo a su muñeca Teresa. Al fondo, la puerta se abrió muy despacio y la escuchó con mayor claridad, ya que fuera no llovía apenas y el viento se había calmado.

— No… no quiero que estés aquí— dijo la pequeña en voz baja.

Unos pasos hicieron crujir la tarima. La piel de la niña fue acariciada por los escalofríos. Uno ascendió por su espalda hasta casi sentir que apretaba su cuello.

— Vete de aquí— susurró apretando los dientes.

Natalia no podía ver quién se acercaba a su cama, jamás lo había hecho. Sólo sentía que cada vez estaba más cerca. La tarima crujió de nuevo.

— Por favor— suplicó con las primeras lágrimas.

Los pasos se detuvieron justo a su lado. El aire que respiraba iba acompañado de un olor que no le era desconocido. Ojalá hubiera sido así. Una vez más él estaba allí con ella, y siempre que había sido así deseó estar muerta. Natalia notó como unas manos se apoyaban sobre el colchón hundiendo el mismo, hasta mover su cuerpo. El somier rechinó como los dientes de la niña, que ya no podía hacer más fuerza. Ya no podría disimular mucho más que dormía.

— No…— dijo sólo moviendo los labios de espaldas a la compañía.

Apenas a unos centímetros de su cabeza, la niña le escuchó…

— Shhh…

Primero la colcha, luego la sábana. Poco a poco el cuerpo de la pequeña fue quedando al descubierto. Casi instintivamente la cría se encogía hasta tomar una posición fetal como si con ello quisiera esconderse. Pero era imposible. Él sabía que ella estaba allí, y ella que él también lo estaba.

— Shhh…— escuchó de nuevo.

La cría sintió un calor que casi quemaba sobre sus costillas. Una presión dolorosa la invitaba a gimotear, a llorar, a gritar… Pero ella aguantó. Luchaba en su interior contra una fuerza que la doblegaba.

— No pasa nada. Estoy aquí contigo— escuchó Natalia.

La cabeza de la niña se arrastró unos centímetros sobre la almohada, la mano de él tiraba de su pelo de una manera continuada. Luego fue su cuerpo, que hizo sonar las sábanas.

— Mamá, mamá…— lloraba.

Cuando las manos de él comenzaron a acariciarla como ella nunca había querido, no calló más.

— ¡¡Mamá!!— gritó con todas sus fuerzas.

Entonces todo sucedió muy rápido. Un fuerte golpe, similar al de una maza impactando contra la madera, sonó en la habitación seguido de un portazo. Luego todo quedó en silencio. Natalia aguantó expectante sobre la cama. Respiró como un pequeño animal herido y asustado. Con ansiedad agarró las sábanas y se tapó con ellas hasta estar segura de no dejar un solo dedo fuera de ellas. No saldría de allí hasta estar segura de que él se había ido. Mientras esperaba, la tensión y la angustia acumulada se transformaron en cansancio. Una vez tras otra cerraba los ojos para luego abrirlos, así hasta que los cerró para quedarse definitivamente dormida.

Como si lo sucedido hubiera sido una pausa en la noche, la lluvia regresó, al igual que el traqueteo de las persianas impulsadas por el viento. Natalia reposaba sobre la cama, ya ajena a todo.

A la mañana siguiente, cuando despertó, notó en su piel que el sol lucía a través de la ventana. El ruido del tráfico rugía como siempre, al igual que sus tripas, que ya pedían el desayuno. Algo que también tuvo claro es que era más tarde de lo habitual. ¿Se había dormido? ¿No había sonado el despertador? ¿Nadie la había despertado para ir al colegio? «¿Papá se habrá quedado dormido?», se preguntó.

Natalia se libró de las sábanas y se puso las zapatillas, a continuación cogió su bastón y se incorporó con la intención de ir a buscar a su padre.

— ¿Papá?— preguntó en voz alta.

Tras salir de su cuarto y atravesar el pasillo, llegó a la puerta de la habitación de su padre. Llamó con la mano.

— Papá ¿estás ahí?— preguntó.

Al no obtener respuesta, Natalia abrió.

— ¿Papá?

Su padre estaba en la habitación, pero ella no podía verle. Jamás había podido verle. Natalia era ciega de nacimiento, lo que evitó que viera a su padre tumbado sobre la cama cubierto de sangre.

— Papá ¿dónde estás?— preguntó con cierta preocupación.

El cuello de su padre estaba abierto de un lado a otro. Un corte recto y profundo a través del cual podían verse los huesos de la columna. Además del corte, también era visible un fuerte golpe en la frente, que lucía hundida en su lado izquierdo. En sus ojos, abiertos como platos, podía verse reflejado el sufrimiento que sintió en los momentos previos a su muerte.

— Cariño, te dije que cuidaría de ti— dijo su madre detrás de la niña.

Pero ella no pudo escuchar aquellas palabras. Lo que sí escuchó fue el timbre.

— ¿Papá?— preguntó antes de caminar por el pasillo hasta la entrada.

No era su padre. Era Matilde, la asistenta que cuidaba de ella cuando su padre estaba en el trabajo. La asistenta que ya cuidaba de ella cuando su mamá estaba enferma.

A pesar de lo traumático que fue todo en un primer momento, gracias a lo sucedido aquella madrugada, y que nadie pudo ni supo explicar, las noches de Natalia comenzaron a ser como las noches que merecía una niña de su edad. Largas y tranquilas, noches sin oscuridad.

 

Teo Rodríguez, 2014

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