Relato: MOSQUITOS

mosquito

El doctor Fernández, jefe de psiquiatría en el centro de internamiento Las Colinas, dejó de escribir en su ordenador cuando sintió que la puerta de su despacho se abría.

—Adelante, pase y siéntese—dijo señalando una de las sillas situadas frente a su mesa.

En el centro, permanecían ingresados personas con trastornos psicológicos de diferentes grados. Unos entraban y salían a los pocos meses, otros entraban y pasaban años, pero también los había que entraban… para no salir nunca.

—¿Qué tal se encuentra esta mañana? —preguntó el doctor.

Los ojos de la mujer se perdieron por la ventana, en una tarde que ya se convertía en noche.

—Igual que ayer, supongo—contestó Anika tomando asiento.

Ana Guzmán llevaba cerca de dos años ingresada. Podía decirse que se trataba de una paciente ejemplar, que en ningún momento planteó problemas a sus compañeros de bloque o al personal que la trataba. El problema lo guardaba en su cabeza, y el problema era que dicho problema, se hacía cada vez más fuerte.

—Bueno, supondré entonces que quiere decir que se encuentra bien—dijo Fernández simulando una sonrisa.

Anika se recostó sobre la silla, sabía lo que venía a continuación.

—Ya sabe cómo funciona esto…—dijo el doctor.

—Lo sé, pero no entiendo lo que pretende.

El doctor imitó la posición de Anika sobre la silla y suspiró intercambiando con ella una mirada de varios segundos, luego prosiguió.

—De verdad. Se lo digo con total confianza. Con sinceridad—hizo una pausa—, creo que su cabeza está mucho mejor que la de muchos con los que trabajo aquí. No hace falta ser un experto para saber que cuando pasea por los jardines junto al resto de internos, usted no tiene nada que ver con ellos. Usted señorita Gómez, no es como ellos.

Anika miró al techo queriendo escapar de las palabras del doctor Fernández, también quizás buscando algo.

—Usted lee los diarios, sigue la actualidad, lee, ve programas en la televisión. Está conectada al mundo. Es lo que quiero decir, por eso no entiendo que…—el doctor dejó de hablar. Sentía que por mucho que dijera…

—Sé lo que vi. Sé lo que sentí. Sé lo que pasó aquella noche—dijo Anika sin parpadear y saboreando cada palabra.

—Señorita Gómez, ¿por qué? ¿Por qué lo hace? ¿Hay algo que no sepa? ¿Algo que me quiera contar?

Anika se echó hacia delante y puso sus manos sobre la mesa.

—Ya le conté lo que debía contar. Ya lo he contado demasiadas veces. Si lo desea, si le pone que lo haga… se lo contaré de nuevo.

El doctor sacudió la cabeza de un lado a otro y apretó los labios. En muchos años al frente de la unidad de Psiquiatría, no había encontrado un caso así. Quizás se enfrentaba a su mayor reto. Tenía delante a una persona que a ojos de cualquiera parecería normal. Pero no podía ser así. No lo era por lo que contaba, que además de ser algo que dejaba atrás lo imposible, añadía al caso un grado de certeza y convencimiento a la altura de cualquier lunático que relataba experiencias con seres de otros mundos.

—Diga doctor, ¿quiere que se lo cuente de nuevo? —preguntó Anika, que al instante miró repentinamente a un lado, como si algo o alguien estuviera allí, dentro del despacho.

El doctor apuntó con los ojos a la dirección a la que miraba su paciente, pero lo único que pudo ver fue una estantería llena de libros. Cuando miró de nuevo a Anika, ésta le miraba sin parpadear.

—¿Quiere escucharlo de nuevo?

Fernández miró la carpeta de su informe y la caja en la que guardaba un montón de grabaciones del relato. Dichas grabaciones contenían la historia, la historia de Anika, que a pesar de contarla decenas de veces, calcaba una a una cada palabra, cada gesto, cada expresión…, y siempre terminaba de la misma forma, con dos o tres enfermeros que entraban al despacho con un tranquilizante, dispuestos a bajar de la tormenta a Anika.

—No será necesario—contestó el doctor—, lo que quiero es que se escuche usted misma.

Con toda la tranquilidad del mundo, el doctor alargó el brazo y cogió una de las cintas. Sacó un viejo reproductor del cajón de su mesa y lo puso sobre la mesa. Anika volvió a mirar con rapidez hacia un lado. El doctor se percató, pero él sólo veía un sillón de cuero marrón. La paciente escaneaba lentamente las alturas de la habitación.

—¿Ocurre algo? —preguntó Fernández.

Anika regresó de su búsqueda y miró a su acompañante.

—¿Usted qué cree? —respondió ella preguntando.

El dedo de Fernández pulsó el Play. Ambos comenzaron a escuchar la historia contada por Anika…

 

«Hacía mucho calor. Eran poco más de las tres de la madrugada. Sobre mi cabeza tenía la ventana, abierta, evidentemente, pero era como si la tuviera cerrada. No entraba una sola gota de aire. Es más, creo que en el exterior hacía mucho más calor. No paraba de dar vueltas sobre el colchón. No paraba de sudar»

«Me tumbé bocarriba y extendí los brazos. Cerré los ojos y me di por rendida, así me quedaría hasta que el maldito aire quisiera entrar a la habitación. Pero no fue el aire lo que entró. Cuando en mi cabeza comenzaba a rondar la idea de quedarme desnuda, bueno, sólo con las bragas…, lo escuché. Pasó muy cerca de mi oído. Pasó tan cerca que creí que se me había colado en la oreja. Rápidamente me sacudí de un manotazo y me incorporé. Inútilmente miré a la oscuridad de la habitación como si fuera a ver algo. No vi nada, porque era imposible que lo viera»

«Odio los mosquitos. Cuando era pequeña, estuve casi una semana sin ir al colegio por una especie de fiebres que me entraron gracias a unas picaduras. Las tenía por todo el cuerpo. Llegué a rascarme tanto que la piel se me levantó. Luego se me infectó, lo que hizo de mis horas un infierno. Todavía tengo señales en las piernas. Y en este brazo, mire…»

«Me tumbé de nuevo en la cama. A los pocos segundos, volví a escuchar el zumbido. Se metió de tal manera en mi cabeza, que un escalofrío recorrió mi brazo hasta la punta de los dedos, y fue en uno de ellos, donde sentí una punzada. Fue como el pinchazo de un alfiler. Sacudí la mano y luego llevé el dedo a mi boca. Allí estaba yo…, con más de treinta años y sentada como una cría asustada de no más de siete. Volví a escuchar el zumbido…»

«Me puse de rodillas en la cama y me giré. Alargué el brazo y cerré la ventana. Encendí la luz y de un salto bajé a la tarima rumbo a la puerta. La cerré y apoyé mi espalda en ella. Contuve la respiración y busqué en silencio. Puede que pasaran un par de minutos o tres. Entre tanto, pensaba en mi zapatilla y en lo que haría con ella… Aplastaría a ese puto mosquito. Entre pensamientos y pensamientos acerca de su muerte, vi una pequeña mota negra que recorrió las alturas de la habitación, muy cerca de la lámpara. Intenté seguir el vuelo, pero lo perdí»

«Avancé muy despacio hacia las zapatillas. Nunca me había parado a pensar que la tarima resonaba, crujía. En el total y absoluto silencio en el que me encontraba, era capaz de captar sonidos que ni tan siquiera sabía que existían. Hasta la bombilla de la lámpara tenía su voz. Miré hacia la luz y entrecerré los ojos. Fue como mirar a un pequeño sol que había salido en mi habitación. Y de nuevo lo escuché. O pasó muy rápido de una oreja a otra, o eran dos los mosquitos que estaban allí conmigo…»

«Zapatilla en mano giré sobre mis pasos. Di un par de vueltas con la mirada perdida en las alturas… ¡Y lo vi! ¡Creo que hasta pude escucharlo!… El mosquito voló hacia la pared blanca y se posó. Aguanté de pie hasta asegurarme de que no se movería. Una vez estuve segura, avancé hacia él con la zapatilla a la altura de mi cabeza. Estaba tan cerca de… Veía sus patas largas, sus alas plegadas y brillantes. Me preguntaba como algo tan pequeño puede ser tan… ¡Zas! ¡Con todas mis fuerzas lancé la zapatilla contra el mosquito!. Respiré como si estuviera agotada. Cuando retiré la zapatilla de la pared, lo único que vi fue la marca de la suela. Había fallado. Al segundo escuché el zumbido, que parecía reírse de mí»

«Miré a la lámpara. No sé si me estaba volviendo… El caso es que la corriente estática, sonó como el zumbido de un mosquito. Contuve la respiración de nuevo y busqué en el aire. Por sorpresa, encontré al insecto alado posado en la puerta. Justo en el centro. Era lacada en blanco, por lo que se veía muy bien a cierta distancia. Caminé dispuesta a terminar con él. No podía fallar. Y no fallé. Al retirar la zapatilla, descubrí que el mosquito había quedado reducido a una simple mancha roja. A un diminuto amasijo sin huesos. En mi boca se dibujó una sonrisa enorme, que no tardó en desaparecer…»

«Estaba escuchando un nuevo zumbido. Pero en esta ocasión, procedía del pasillo. De fuera de mi habitación. ¿Cómo era posible? ¿Tan agudizado tenía mi oído? El caso es que sin pensarlo mucho, abrí la puerta. Lo hice rápidamente y me arrojé a la oscuridad del pasillo. Fue la manera de impedir que se colara dentro. Cuando cerré la puerta me pegué a la pared y encendí la luz. Las puertas de las otras dos habitaciones estaban cerradas. No quería despertar a mis compañeras de piso. Siempre se reían de mí por la obsesión con los mosquitos. Era algo que me molestaba bastante, ya me hubiera gustado a mí verlas a ellas en una situación como la mía…»

«Vi el mosquito. Lo vi revoloteando pegado al techo. Lo hizo hasta la lámpara. Giró alrededor de la luz varios segundos, luego comenzó a golpearse contra el soporte de la misma lámpara… Miré con extrañeza, pero miré con más extrañeza aún cuando el insecto se coló por una ranura que había entre el techo y la base de la lámpara. Me quedé observando a la espera de que saliera, quizás pensando en que algo así era imposible. ¿Los mosquitos tienen una especie de casa o refugio? Yo pensaba que esos bichos volaban por ahí hasta que alguien los aplastaba contra la pared o contra un armario. La corriente estática volvió a resonar. Fue de menos a más. Juro por Dios que la bombilla zumbaba como un mosquito, pero no veía ninguno…»

«De repente la luz comenzó a temblar. La circunstancia en plena madrugada, y así de repente, podía asustar, pero era algo habitual a cualquier hora del día. La casa era muy antigua, y la casera se desentendía una y otra vez del problema con la red eléctrica. La luz iba y venía, hasta que se apagó del todo. Al igual que el zumbido. No escuchaba nada. Estaba en completo silencio. Alcancé el interruptor con la mano y lo presioné. Pero no había manera. La corriente se había ido. También en mi habitación»

«Cuando entre en ella, fui recibida por… una ligera ráfaga de aire fresco. Las cortinas se movían. Cerré la puerta y caminé hasta la cama. Me tumbé en ella y miré al techo, luego a la lámpara. Pensé en el mosquito que se coló por la ranura de… Entonces, durante un solo segundo, la bombilla se encendió y…»

El dedo del doctor Fernández presionó el Stop. El cuero de la silla resonó bajo su culo.

—¿Y bien? —preguntó.

—Ya sabe lo que pasa después—dijo Anika.

Un suspiro salió de la boca de Fernández.

—¿Lo mantiene? —preguntó el doctor.

Una lamparita que había sobre la mesa de escritorio de Fernández comenzó a parpadear. Anika miró hacia ella. Se sintió incómoda de repente.

—Quiero volver a mi habitación—dijo Anika.

—¿Mantiene lo que sucedió? —preguntó de nuevo.

—Váyase a la mierda—dijo la paciente incorporándose de la silla.

El doctor se levantó y fue a por la paciente. Todas las luces del despacho temblaron como la gelatina.

—Señorita Gómez, quiero que me lo diga. ¿Por qué se empeña en algo así? Sé que no está loca—dijo Fernández interponiéndose entre ella y la puerta del despacho.

—Sé que no estoy loca. Sé que mi cabeza está perfectamente. Y ahora quiero salir de aquí—dijo entre dientes.

Las luces de nuevo. Ella miró al techo y preguntó…

—¿No lo escucha verdad?

—Me ha dicho que no está loca.

—Déjeme salir de aquí—dijo Anika con la voz temblorosa.

El doctor dio dos golpes sobre la puerta y un enfermero abrió desde fuera. Ella salió, pero antes de irse se giró hacia el doctor.

—Yo tampoco pienso que usted esté loco.

Tras un intercambio de miradas, en el que el jefe de psiquiatría no parecía entender lo que Anika quería decir, la paciente se perdió por el pasillo y el cerró la puerta. De camino a su sillón, miró a las lámparas, que emitieron un par de destellos y luego se quedaron encendidas. Una vez había tomado asiento, pulsó el Play del reproductor…

«…vi en las paredes millones de mosquitos. Era una capa negra que comenzó a emitir un zumbido ensordecedor. La luz iba y venía, y cada vez que se encendía había más mosquitos—la voz de Anika se quebró—, millones de ellos. Me incorporé de la cama. La luz se fue y regresó, entonces miré…»

La corriente se fue en el despacho del doctor Fernández. En plena oscuridad se disponía a levantarse, cuando iba a hacerlo y miró sus manos, apoyadas en la mesa, apenas pudo ver su piel. Tenía las manos cubiertas por millares de mosquitos que le picoteaban una vez tras otra. El doctor apretó sus dedos, era como si tuviera un par de esponjas entre sus manos… La impresión sobre su cuerpo fue como la de caer en una bañera repleta de agua con hielo. No emitió más que un simple quejido con la boca abierta, que permitió que una buena cantidad de insectos se colaran por ella hasta bloquear su garganta. Intentó escupir, pero era inútil. Se dejó caer al asiento. Sintió en la espalda una masa sorda que se movía entre la camisa y el cuero del respaldo. La luz regresó para irse un instante después, lo único que vio… Mosquitos.

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