Relato: DEJA QUE LO HAGA

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Podría contarte ahora cómo sucedió, me refiero a cómo me sucedió a mí. Hace ya mucho tiempo, mucho más del que quiera o necesite recordar. Por eso no lo haré. Entenderás en este preciso instante, dada nuestra situación, que tendremos tiempo suficiente para conocernos. No es que estemos aquí ahora y que mañana, o dentro de un rato, vayamos a despedirnos hasta por ejemplo dentro de un par de días o una semana. Ni mucho menos nos despediremos con un hasta siempre. No será así, y no lo será por mucho que ahora lo desees. Seguro que en este preciso instante no deseas algo tanto como perderme de vista para siempre.

Si hay algo que quiero dejar claro es que no es sólo mi culpa. Tú tienes mucho que ver. Es más, si tuviera que pronunciarme acerca de algún tipo de responsabilidad, me atrevería a decir que es sólo tuya. Todos y cada uno de nosotros somos mayores, somos adultos… Debemos afrontar dichas responsabilidades por muy absurdas que parezcan en un primer momento. No, no somos niños. Mi pretensión no es la de convencerte de nada, entiendo que no estés de acuerdo conmigo. Puedes culparme a mí, condenarme por ello si quieres. Pronto entenderás que ya no vale de nada. Absolutamente de nada.

Puedes llamarme criminal, animal, bestia o criatura del infierno… Soy de esta manera y no cambiaré. Todo comienza a ir mejor cuando uno asume lo que es. Basta con guardar silencio y valorar las cualidades, valorar todo aquello que otros no poseen. La cuestión es sentirse diferente. Y ojo, incluso esas cualidades que muchos detestan, podemos considerarlas una bendición. Una bendición divina… Perdona que sonría.

Hoy, como cada noche, me disponía a tomar lo que mi instinto solicita. ¿Quieres llamarlo hambre? Tómalo como quieras, no seré yo quien interfiera en tu manera de pensar u opinar. Pero eso sí, hay fuerzas para las que no vale oposición, resistirse sólo puede ocasionar dolor. Más dolor. Te confesaré algo, no es la primera vez que nos vemos. Llevo semanas observándote, lo que ocurre es que hasta hoy no se han dado las circunstancias oportunas para que ambos nos conozcamos en persona, cara a cara.

Ahora que ambos estamos uno tan cerca del otro, puedo incluso adivinar en tu aliento lo que has desayunado esta mañana… Desayunar, hace tanto tiempo que no tomo desayuno… Un desayuno como Dios manda… No, no te resistas. Te aconsejo que no te resistas. No hagas que me enfade…

¡Estate quieta y no te resistas he dicho!

Regresando a mi observación sobre tu persona en días anteriores, he aprendido que la paciencia es un don que muy pocos valoran. Controlar la ansiedad es clave, es vital. Es como uno de esos felinos africanos que preparan sus ataques casi al milímetro. Llevan la espera casi hasta la desesperación, no importa que lleven días sin probar bocado. Saben que el éxito radica en encontrar el momento oportuno. Por eso esperan al acecho entre la vegetación. Se posicionan en sentido opuesto al viento para que sus víctimas no puedan oler su hambre… ¿No es maravilloso? ¿No es extraordinario? Tenemos ahí enfrente toda la naturaleza a nuestra disposición, una cantidad inmensa de sabiduría de la que podríamos aprender y…, y no lo hacemos. No lo hacemos porque somos humanos. Y perdona de nuevo que me ría. Perdona que me ría…

Paciente. He sido muy paciente. No te creas, hubiera ido a por ti aquella primera noche. Pero era muy arriesgado. Aunque estuvieras sola sentada en ese banco, cualquiera podía aparecer. Está situado cerca de la acera y además la vegetación de la valla no es lo suficientemente espesa como para que desde fuera no se vea el interior del parque. Es cierto que los coches suponen una ayuda, sus motores pueden hacer callar los gritos, pero también una repentina presencia no deseada. No era cuestión poner en riesgo algo que uno desea de verdad.

Y esas malditas farolas…, demasiada luz. Mucha más de la necesaria. ¿No te resulta molesta? A mí en especial aquella de allí, la que está justo a la entrada, me refiero a la que está en frente del contenedor ese de los jardineros. Se enciende y se apaga, una y otra vez… No entiendo como puedes estar ahí sentada sin que te afecte para nada. Pero justo ahora, me da igual… Ahora, con lo que quiero entre mis manos, poco o nada me importa…

Como puedes comprobar por mis palabras, lo que me frenó fueron circunstancias ajenas a ti. Tú eras una presa fácil. Estabas sentada, con tu teléfono móvil… No parabas de escribir, de leer, de volver a escribir, de leer… de sonreír. Hablabas sola, susurrabas a tu sombra. Y sin saberlo también lo hacías a otras sombras… Sombras que te acompañan pero que desconoces. Sombras silenciosas, sombras tan oscuras como tus peores pensamientos. Pero yo llegué primero. Todos saben que este es mi terreno. Y eso no se gana de la noche a la mañana. He tenido que hacerme fuerte, hacerme respetar y luchar. Dejarme el alma, o lo que sea, en la simple búsqueda de un reconocimiento que me aportara tranquilidad emocional. Porque a pesar de lo que puedas pensar, incluso los que somos así, necesitamos paz. Paz interior.

Ajena a todo seguías liada con tu aparato. He de reconocer que esos malditos pitiditos me estaban poniendo nervioso. Pero lo que hice fue respirar. Sólo me limité a observar… Estate quieta, estate quieta… A él no le va a pasar nada. ¿No es curioso que ahora él sea el que no para de buscarte? ¿Es ahora cuando te importa? Las cosas comienzan a importarnos cuando ya no las tenemos. Y es preferible que te hagas ya a la idea. Jamás él volverá a estar a tu lado. Ya no vas a disfrutar de su compañía, él no sentirá tus caricias, eso que tú creías amor ya es historia. Has traicionado su confianza. Aunque te cueste lo verá y sentirá así. Intentarás que todo vuelva a ser como antes, pero pronto te darás cuenta que no será posible. Incluso podrás poner en peligro… En serio, no tomes a mal mi sonrisa…

Intento ponerme en tu lugar. Es entendible que ahora te hagas muchas preguntas e incluso sientas culpabilidad. Para lo primero, he de decir que no soy de esos que responden preguntas, y en cuanto a lo segundo no pienso llevarte la contraria. Es lo que te decía antes, claro que es culpa tuya. Únicamente tuya. Y no es que no te llevaras antes varios sustos… Pero daba igual ¿verdad?, siempre pensabas que todo estaba bien… Que no podía pasar nada. Tú venías con él, pasabais un rato juntos y luego cada uno por su lado. ¿Eso es amor? ¿Eso es cariño? ¿Y te refieres a él como tu niño? ¿A una especie de hijo?

Por cuarta vez… disculpa mi sonrisa.

Es triste, pero debo decirte que él es más inteligente que tú, aunque tampoco es muy difícil… no te ofendas por favor, no es nada personal. No sé si es por eso o porque los que son como él no me gustan, y supongo que ya sabes en qué sentido, pero el caso es que él merece una oportunidad. No es cuestión de hacerle pagar a él los errores de…

¡Te he dicho antes que no te muevas! ¡No hagas que me enfade! ¡Puedo ser muy cruel si vas por ese camino!

Me recuerdas a una mujer. Recordarás todo ese revuelo que se montó hace unos meses. Fue aquí cerca, exactamente al otro lado del parque. Era también de noche, pasadas las doce. ¿A quién demonios se le ocurre salir a correr a esas horas? A esas horas no vas a encontrar nada bueno, y menos por aquí. En aquella ocasión, y esto que quede entre nosotros, me salté el protocolo. Me pilló en una mala época, llevaba un par de semanas muy malas y necesitaba hacer algo así. Necesitaba una especie de noche loca. Hacer lo que fuera sin planificar nada. Dejarme llevar por la improvisación y liberar fuera como fuera toda aquella tensión. Pero una cosa era eso, y otra bien distinta que se me fuera de las manos. Y aquella noche todo se me fue de las manos.

A unos veinte metros la vi correr entre los árboles. En vez de hacerlo por el camino, lo hacía por el césped. Acababa de llover. Supongo que lo haría así para evitar el barro. No entiendo como no asfaltan estos caminos. Se ponen impracticables cuando caen tres gotas. A mí ya me da igual, pero reconozco que resulta engorroso… Perdona, me estoy yendo del tema.

La joven, no creo que llegara a los treinta años, llevaba un buen ritmo. No aflojaba ni en las cuestas. Conozco este parque al milímetro, por lo que no me fue muy complicado seguirla. Tomé los atajos necesarios para presentarme antes que ella en aquellos lugares que atravesaría al trote. Cada segundo que pasaba me sentía excitado. Una ansiedad en crecimiento se convertía por momentos en algo incontrolable. Me costaba respirar. Las manos me temblaban y sentía una especie de frío más intenso al que acostumbro a tener.

Temía que ella saliera del parque. Pasé más de veinte minutos tras ella. Una parte de mí quería poner fin, pero otra también disfrutaba de esa adrenalina, de aquella persecución que iba a terminar como terminó, bueno, no exactamente, el asunto a día de hoy puedo considerarlo una pequeña chapuza. Y pronto entenderás por qué.

Recuerdo que llegué a un cartel publicitario de esos que ponen el las bifurcaciones de los caminos. Vale que sirven para indicar la dirección o el lugar al que conducen dichos caminos, pero tienen que colar la marca de turno. El caso es que a mí me vino muy bien su tamaño.

Me escondí tras él. El silencio era casi absoluto. Era una zona interior, suficientemente alejada del tráfico. El viento soplaba con cierta fuerza, las ramas de los árboles se movían, pero no molestaban. Simplemente sus lamentos acompañaban… Eran hipnóticos. Recuerdo que miré hacia arriba y vi como las nubes pasaban por delante de la luna y las estrellas… De repente, casi encima, sentí el trote de la chica. Miré a un lado y la vi pasar agitando sus brazos. El roce de ellos contra el chubasquero me hizo sentir que se alejaba. Llevaba puesto uno de esos gorros de lana y unas orejeras blancas que poco a poco vi cómo se alejaban. Entonces no me lo pensé.

Con una velocidad casi inexplicable, salté de mi escondite y fui tras la chica. Fueron apenas dos o tres segundos los que tardé en abalanzarme sobre ella, tiempo más que suficiente para trazar en mi mente lo que exactamente haría con ella. Pero una cosa es lo que uno planea, y otra muy distinta es lo que resulta.

¡Estate quieta te he dicho! ¡Estate quieta si no quieres que te haga lo que a ella!

Puse mis manos sobre sus hombros y tiré de ella hacia atrás. Lo que quería era llevarla al suelo lo más rápido posible. Tapar su boca era prioritario para evitar que alertara a nadie. Aunque estaba casi seguro de que no había nadie cerca, no quería arriesgarme a dejar que sus gritos se hicieran notar. En momentos de pánico los poderes o capacidades pueden multiplicarse sobremanera. Cuando creía que ya la tenía sobre el césped, se revolvió, me vi únicamente con el chubasquero sujeto entre las manos. Como un gato asustado se incorporó y reinició una nueva carrera en silencio. Resulta sorprendente que no gritara. Quizás era consciente de que no serviría de nada y de que esas fuerzas serían más eficientes en su intento de huida.

Gruñí. Me enfadé. Me sentó muy mal que intentara escapar. Con mucha más decisión salté de nuevo sobre ella. Agarré su cuello. Sentí como mis uñas rasgaban su piel. Ligeros chasquidos llegaron directamente de sus vértebras a la punta de mis dedos. Sentí también el latido se su corazón a través de su riego sanguíneo. Apreté tanto que carraspeó como si se estuviera ahogando. Podía haber apretado más y terminar en un instante, pero no pretendía eso. Es mejor aguantar, proceder con ella en vida. Quería disfrutar, quería sentir su calor, su angustia, su pánico… Quería que ella se diera cuenta de que jamás había estado con alguien como yo. Estaba tan convencido de mis cualidades que en absoluto descarté que se rindiera a mis… ¿encantos?…

Pero no fue así. Comenzó a patalear, a convulsionarse como una poseída por el mismísimo diablo. Me puse sobre ella. Uno de sus brazos quedó atrapado entre mi pierna y su cuerpo. Sujeté su mano libre y tapé su boca. La muy… Mordió mi mano. Apretó con todas sus fuerzas. Vi como un pedazo de mí se quedó dentro de su boca. Eso me enfiereció, me obligó a golpearla… Lo único que yo pretendía era una cosa. Quería terminar e invitarla a conocer algo mejor. A conocer lo que ahora te ofrezco a ti. Pero ella al igual que tú ahora, con estos inútiles intentos por escapar, sacó lo peor que llevo dentro…

El tiempo se paró. Aún a día de hoy no sé si gritó. Si se resistió mucho más o ni tan siquiera sé si fue capaz de levantarse. Lo único que recuerdo claramente es que me incorporé. Solté su mano y dejé que me mirara. Ella me miró. Vi en sus ojos algo que me paralizó. No vi nada más. Sólo dos enormes ojos azules que eren incapaces de cerrarse… ¿Y lo siguiente?… Lo siguiente que recuerdo es que miré a un lado. Allí estaba su mano. Su mano unida al antebrazo, del que colgaban tendones y carne… Un calor húmedo cubría mi rostro. Saboreaba un placer incontrolable. Podía masticar pequeños pedazos que debían ser… Miré hacia abajo y contemplé con admiración su pecho…, exactamente lo que quedaba de él… Todo estaba lleno de sangre. Estaba muy caliente… Saqué mis manos de él, de entre las costillas… y acaricié mi rostro. Aunque sonreí, no pude evitar cierto temblor… Cierto frío. Nada de aquello debió pasar. Perdí el control. Me prometí que no volvería a pasar.

Hasta esta misma noche no ha vuelto a pasar. Pero tú me lo estás poniendo muy difícil. Así que en tu mano está. Si no quieres acabar como acabó ella…

¡Deja de resistirte! ¡Deja de retorcerte!

Nadie puede escucharte. Ni tan siquiera él. Cómo crees que subiría hasta aquí arriba. Como mucho se quedaría ahí abajo dando vueltas… ¿Qué podría hacer? Dime… ¿Ladrar? Dime… ¿Cuántos perros ladran por ahí? Incluso él lo ha hecho mientras tú preferías escribir en tu teléfono móvil. Puede que un poco de atención sobre tu perro te hubiera librado de lo que pasa ahora. De lo que va a pasar a partir de ahora. Hace unos años, en los comienzos, también lo hice con perros… O con gatos, con cualquier animal. Todos eran válidos para saciar mi sed de sangre. En la noche, las opciones se reducen. Pero uno también se cansa de ciertas cosas. Me cansé de la dieta animal.

Te ofrezco algo nuevo. Te presento la oportunidad de convertirte en algo superior, en un ser diferente. Sólo tienes que tomar conciencia de ello y dejarte llevar… Ya conoces un final. Un final desagradable que tampoco me gusta a mí. No soy una bestia. No soy un animal. Soy lo que me han hecho ser. También me resistí, es normal hacerlo, es normal asustarse… Pero créeme, las posibilidades son increíbles. Mírame. Mira a mis ojos. ¿Qué ves en ellos? Sólo tienes que fijarte en ellos… No mires mis colmillos. No dejes que te asusten. Son sólo unos colmillos, unos parecidos a los que tú tendrás…

Eso es. ¿Ves? ¿Ves como es mejor así?… Tienes una piel muy suave, tienes un cuello precioso. Será un momento, notarás un leve pinchazo. Sentirás placer. Un placer que no se puede comparar a ningún otro. Relájate. Eso es. Ahora sí entiendes mi sonrisa. Deja que lo haga…

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