RELATO: TE VOY A SACAR LOS OJOS

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— Buenos días Señora María…

— Qué tal majo, ¿has dormido bien?

— Bueno, al principio me costó un poco, pero luego la verdad es que no abrí los ojos en toda la noche, y le garantizo que eso en mí es muy, muy raro…

— Eso es el campo. Es este lugar… Nada es comparable. Yo desde luego no me arrepiento, dejé la ciudad hace más de veinte años y no tengo ninguna intención de volver por allí.

— Le aseguro Señora María, que a mí me va a costar regresar, pero debo hacerlo. Ojalá algún día pueda retirarme a un sitio como este. Me conformo con muy poco…

— ¿Cola-cao verdad?

— Sí, sí. Muchas gracias.

— Ahora te pongo las tostadas. ¿Tres o cuatro?

— Hoy cuatro, voy a necesitar energías.

— ¿Ya has elegido la ruta?

— Pues sí, hoy subo por el Monasterio. He quedado a medio día con Manuel a mitad de ruta. Vamos a tomar unas fotos de las aldeas abandonadas…

— Manuel es el de los ojos verdes ¿no?

— Sí, el de los ojos… verdes.

— Ha dejado a Teresa, la chica de recepción, loquita perdida.

— Manuel y sus ojos verdes. La cantidad de chicas que me ha quitado… Desde íbamos al colegio. Lo peor de todo es que aún lo sigue haciendo y encima seguimos siendo amigos…

— Bueno, ya será menos… También hay chicas que prefieren al simpático.

— Qué pasa, me toca ser el feo ¿no?

— No hombre no, no quería decir eso… A ti te veo más alegre, no sé, pues eso, más simpático y agradable… Tu amigo de los ojos verdes no es que se muestre muy comunicativo.

— Ya claro, claro… No lo intente, que lo quería decir y ya está…

 

La Señora María era la dueña de una pequeña casa rural donde decidí pasar aquel agosto de 1984. En tres o cuatro días, parecía que nos conocíamos de toda la vida. Rebosaba simpatía, de carácter afable y siempre bromeando. De pelo blanco y rostro castigado, y no sólo por el paso del tiempo. Junto a aquella sonrisa casi permanente, resultaba difícil pasar por alto las secuelas de un terrible accidente que tuvo de niña y que disimulaba con elegancia tras un parche de terciopelo negro que tapaba su ojo izquierdo.

 

— Bueno, cuidado por ahí arriba— dijo sujetando la puerta del comedor.

— Lo tendré. Hasta la tarde— me despedí.

 

Y allí se quedó la Señora María, junto a la puerta, secando con un pañuelo las continuas lágrimas que se desprendían de su lastimado ojo.

Paso a paso, metro a metro, comencé la marcha montaña arriba dispuesto a perderme en solitario hasta mi encuentro con Manuel. Había acudido allí con él para completar un extenso dossier de lugares encantados. Pueblos abandonados sobre los cuales se cernían historias oscuras no escritas sobre el papel, pero que sí habían viajado de voz en voz a lo largo del tiempo.

Pero esa soledad a través de caminos estrechos que serpenteaban entre la vegetación, también sirvió para poner orden a un montón de pensamientos que en los últimos meses me habían hecho perder el sueño. Problemas como los que puede tener cualquiera, pero en aquel momento eran los míos, por eso afronté con calma y sobretodo con optimismo, cualquier decisión que tomara al respecto. La Señora María tenía razón. La vida en aquellos bosques se veía de otra manera. ¿Trabajo? ¿Pareja? ¿Familia?… A ver si al final no van a ser tanto los problemas, pensé.

Después de algo más de tres horas de camino, llegué al hipotético punto de encuentro, a una pequeña aldea abandonada conocida como El Rincón del Gallo. Con toda seguridad ese no era su nombre verdadero. Dicho nombre, peculiar y casi cómico, tiene su origen en una leyenda oculta en sus casas vacías y semiderruidas. Según contaban los mayores de localidades próximas, fueron las gallinas, las propias gallinas y un majestuoso gallo del tamaño de una cabra, quienes forzaron la salida de todos y cada uno de sus habitantes. Recuerdo cuánto me costaba contener la risa grabadora en mano. Era ridículo, gallinas atacando a un pueblo. Pensé que la explicación podía estar quizás en una especie de gripe aviar que afectara a hombres, mujeres y niños. Al menos eso tenía sentido.

Jamás olvidaré aquella aldea. Jamás olvidaré lo que sucedió allí aquella misma mañana. Sucesos que escapan a la razón humana, sucesos retorcidos que ni tan siquiera el mismísimo diablo hubiera sido capaz de idear, Ni el transcurrir del tiempo, ni la distancia física que me separa hoy de El Rincón del Gallo, evita que me sienta allí. Nada evita que recuerde cada segundo, nada evita que palabra a palabra vengan a mí los mismos pensamientos que tuve en esos cincuenta minutos. Pensamientos que hablaban en el interior de mi cabeza…

 

 

Rincón del Gallo, Comarca de Liébana.

11 de Agosto de 1984.  

 

Menudo lugar. Ni tan siquiera la luz del día evita que un escalofrío recorra todo mi cuerpo. A pesar de los rayos de sol y a la nula presencia de aire, las gotas de sudor se congelan sobre mi frente y mejillas. La sensación que ahora me invade es la de una parada en seco del tiempo. Parece que aquí en algún momento pasado, los segundos se detuvieron convirtiendo este lugar en una foto que puede tocarse y sentirse.

¿Dónde está la gente? Había oído que era un pueblo abandonado, pero… No sé. No hay nadie, y después de todo, las casas no están tan mal. ¿Será esta la aldea donde he quedado con Manuel? Claro que sí, no puede ser otra. Es la única en diez kilómetros a la redonda. Además es como me dijo. Una única calle empedrada de más o menos doscientos metros. Viejas casas de adobe y piedra a ambos lados, con pequeñas puertas pintadas en marrón y ventanas selladas con gruesas tablas de madera carcomida.

Me siento observado. Nada se mueve, nada parece respirar a mí alrededor, pero algo me dice que varios pares de ojos persiguen mis movimientos ocultos tras las ventanas. No puedo quedarme aquí parado. No puedo permitir que este lugar se apodere de mí… ¡Joder qué pasa aquí! ¿Y yo soy ese tipo aventurero que no se amedranta por nada y que siempre quiere conocer? ¿Conocer lo desconocido? Sólo debo mirar al frente y reanudar la marcha, encontrarme con Manuel y realizar nuestro trabajo. Debe estar allí, seguro que está en aquel granero que hay junto al pozo. Estará tomando fotos o quizás echando una cabezada…

Es curioso, a pesar del aspecto antiguo y desgastado de estas casas, no parecen estar abandonadas del todo, es como si toda la gente se hubiera ido de golpe esta misma mañana. Apuesto que en alguna de esas casas el desayuno ha quedado intacto sobre la mesa. Casi puedo oler el aroma del café o el pan tostado. Seguro que si presto atención aún puedo escuchar las últimas voces doblando las esquinas. A cada paso que doy, todo lo que me rodea va cobrando vida a pesar de no ver a nadie.

¡Joder!

¿Qué ha sido eso? Ha sonado algo tras esa ventana. Estoy seguro. En esa ventana de ahí, esa que está torcida y semi abierta. Por mucho que fuerzo la vista no llego a distinguir si eso que se mueve suavemente es una cortina o la ropa de… No logro ver nada, está demasiado alta, el interior demasiado oscuro y encima el reflejo del sol da justo en lo poco que queda de cristal. Habrá sido un pájaro o un gato. Tomaré un par de fotos. Anda que si al revelar el carrete encuentro la cara arrugada de una anciana tras el cristal… Necesitaba reírme. Relajarme un poco. Sé del poder de la sugestión en ciertos momentos. En lugares como este se hace más fuerte.

¡Qué mierda ha…!

         Eso son pasos. Eso han sido pasos.

— ¡Manuel! ¿Manuel eres tú?

Me extraña que sea él. No le gusta bromear con estas cosas. Tonterías como esta ocasionaron algún accidente que desde luego no tuvo ni puñetera gracia. No sé qué demonios me pasa. Jamás había experimentado algo así. Maldita sea es medio día y esto sólo es un pueblo abandonado. Nada más. Un momento…

— Pero qué…

Eso son gallinas ¿Hay gallinas? ¿Quién cuida de ellas? Y ese de ahí debe ser el jefe de todas ellas. Es impresionante, nunca había visto un gallo de semejante tamaño. Las gallinas se esconden, se van. Casi todas se meten en aquella casa. Mueven sus alas dejando atrás unas cuantas plumas que caen a cámara lenta sobre el empedrado. Pero él, el gallo se ha quedado ahí, se ha parado en mitad de la calle. Mueve la cabeza de arriba abajo, abre las alas muy despacio y emite una especie de gemido gutural que eriza el vello de mis brazos. Es como si estuviera desafiándome, incluso se está acercando a mí. Avanza medio metro, ahora no debe estar a más de diez. Puedo ver sus ojos, su mirada es casi humana. Es terrible. Transmite odio, es como si me estuviera diciendo… te voy a sacar los ojos.

Si no fuera por las plumas, las alas y ese pico negro y retorcido, diría que estoy viendo a una persona. Ahora camina hacia atrás, amaga con retirarse, se va… Ha dado media vuelta y se ha metido en una casa, en la misma donde se han ocultado la mayoría de las gallinas. Camino muy despacio en su dirección. Siento curiosidad. Acelero el paso y…

— No es posible…

¿Qué es eso? Parece la mochila de Manuel. Sí es su mochila y estas son sus gafas, lo que queda de ellas.

— ¡Manuel! ¡Tío no tiene gracia, no va contigo!

Intento convencerme, casi tengo la imperiosa necesidad de que esto sea una puta broma. Quiero que sea así porque algo me dice que aquí está pasando algo, algo muy malo. Joder son sólo unas gallinas en un puto pueblo abandonado. Quiero pensar que no pasa nada pero…, ahora sí sé que pasa algo.

Eso que escucho son lamentos.

— Manuel…

Vienen de allí, del granero. Y veo a alguien. Hay alguien ahí. En la planta superior, se oculta tras las herramientas. Pero qué demonios, de dónde han salido ahora esas gallinas. Están subidas en el borde del pozo. Hay lo menos siete, puede que incluso alguna más. Pero qué mierda están haciendo. Las gallinas se están dejando caer al interior del pozo. Lo hacen una a una, de manera ordenada y como si formara parte de algún plan. Es una imagen grotesca.

Pero lo que de verdad me inquieta son los lamentos, ahora los escucho más claros. Y efectivamente vienen del granero. Tengo que acercarme, puede que sea Manuel, puede que necesite mi ayuda, puede que se haya caído. Debo ir joder. El sonido de mis pasos parece haberse tragado los lamentos. Ya no los escucho.

El granero está mucho peor de lo que pensaba. Da la sensación de que va a venirse abajo al primer golpe fuerte de viento. Todo está lleno de tablas rotas. Y hay un olor insoportable, joder es como si se hubiera podrido un gato y parece venir de ahí dentro. Yo jamás me metería en un lugar así, pero Manuel sí. Manuel adora esos lugares estrechos y oscuros. Cuanto más macabro y desconocido resulte mejor. Siempre quiere llegar a lugares donde nadie lo ha hecho, adentrarse en rincones donde ni las alimañas lo harían. Ahora me pregunto si se ha metido ahí al escuchar los lamentos o si los propios lamentos son suyos. No tengo otra opción.

— Manuel, ¿estás ahí?…

Mi voz es un hilo tembloroso. Debía haber traído una linterna joder. Un momento, creo que un mechero… Aquí está. Sólo tengo que acercarme un poco más y echar un ojo desde fuera. Odio estos mecheros, nunca encienden a la primera, ni a la segunda, ni… Ahora joder.

— Por Dios…

Hay más gallinas, pero todas están muertas. Están descompuestas. Alguna está repleta de gusanos, otras simplemente no tienen cabeza. Las moscas vuelan y zumban alrededor de la carne podrida. El hedor es insoportable. Casi tengo ganas de vomitar. ¿Y eso de ahí? Maldita sea, voy a tener que meterme ahí dentro para poder verlo mejor.

Algo gotea del techo. Sea lo que sea cae gota a gota en el interior de un cubo azul. Elevo el encendedor todo lo que puedo para conocer el origen del goteo. Se cuela a través del techo carcomido de madera. Su color es… Maldita sea. Casi en un acto reflejo interpongo mi mano entre el techo y el cubo. Entre mis dedos cae una de esas gotas. Noto calor, está pegajosa y es de color rojo… En una décima de segundo deseo que se tratara de pintura, pero al acercar mi mano a la nariz para identificar el olor, me doy cuenta de que no es pintura. Es sangre. Es sangre joder.

— ¡¡Manuel!!

Pisoteo las gallinas muertas en busca de algo a lo que subirme para acceder a la planta superior. Eso de ahí puede servir. Retiro antes un par de cadáveres acartonados de un manotazo y apilo unas cajas sobre un palé lleno de clavos y hierros. Zarandeo la improvisada montonera para comprobar la estabilidad. Soy muy delgado, creo que soportará mi peso…

 

Cuando estaba a punto de subir a la planta superior, el techo se me vino encima. Caí de espaldas sobre unos hierros que atravesaron mi piel. También sentí un chasquido en mi codo. De reojo pude ver que lo tenía doblado de una manera imposible. No podía moverme, no podía gritar, apenas podía respirar.

La cámara de fotos comenzó a disparar automáticamente. El flash iluminó en la oscuridad… algo que estará grabado a fuego en mi mente para siempre. El gallo, ¡aquel demonio!, se acercaba hacia mí para cumplir a rajatabla lo que me dijo con su diabólica mirada hacía apenas unos minutos… te voy a sacar los ojos.

De su retorcido pico, balanceándose de un lado a otro, colgando de los nervios ópticos pendían unos grandes ojos verdes. Eran los ojos de mi amigo Manuel. Y eso es lo último que vi. Lo último que vieron mis ojos.

Meses después, al revelar el carrete de la cámara, me contaron que al fondo del granero, junto a una viga, podía verse la figura de una anciana enlutada que lucía un parche de terciopelo negro que tapaba su ojo izquierdo.

 

Un relato escrito por @teorodriguezcom

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