RELATO: ¿NO LA VISTE?

hospital

Conocía aquel lugar, debía estar allí, pero tenía dudas sobre cómo había llegado a él. Los intentos por recordar mi último momento de consciencia fueron inútiles, no me acordaba de nada.

Ellos pasaban de largo al otro lado del cristal, ni tan siquiera me dedicaban una simple mirada compasiva que aliviara mi dolor. ¿Por qué me sentía así? ¿Por qué?  Era invisible para todos excepto para él.

— ¿Por qué me miras así? ¿Qué haces ahí? — pregunté.

Pero no contestó. Sólo me miraba. Permanecía delante de mi recto como una vela. A pesar de no parpadear, un torrente de sentimientos fluía a través de sus ojos, que eran muy redondos y oscuros. Delataban cansancio y mucha pena. También algo de desconcierto.

— ¿Quién eres? — pregunté.

No hubo manera, no conseguí una sola palabra suya. Insistí de nuevo, pregunté elevando el tono de mi voz, pero resultó inútil. Lo único que conseguí es agravar un persistente dolor en el pecho. Instintivamente lleve mi mano al mismo y noté bajo los dedos un grueso vendaje. Encogí la cara hasta reducirla a una sorda mueca de dolor causada quizás por unas cuantas costillas rotas. Debía ser eso. Algo sonó en el interior de mi pecho. Lo sentí como cuando rozas dos pedazos de madera seca. Pero no recordaba nada. Era consciente del momento pero no recordaba el motivo por el cual había terminado allí.

Él se agachó. Por unos segundos le perdí de vista, algo que sinceramente llegó a inquietarme. Pero respiré cuando volví a verle aparecer a los pies de mi cama. Lo hizo con una pelota entre sus manos. Permaneció de nuevo unos segundos inmóvil y luego se giró para salir de la habitación.

— Espera, no te vayas— dije levantando el brazo—. ¿Buscas a tus padres? ¿Buscas a tu mamá?

El niño, de no más de siete años, se detuvo de espaldas a mí. Aquellas palabras le hicieron reaccionar. Pensé, tuve la esperanza de que fuera él quién me explicara lo que ocurría. Pero tampoco hubo suerte,  el crío continuó su camino.

Como pude, a pesar del secuestro que padecía mi cuerpo, logré incorporarme y fui tras él. No tuve en cuenta las vías que atravesaban mis muñecas. Me percaté de ellas cuando vi caer cerca de mis pies unas cuantas gotas de sangre. Levanté mi brazo para ver su procedencia. Tenía una aguja aún clavada en mi piel. Del tirón se había descolocado saliéndose de la vena. Por eso sangraba tanto. Agarré un pedazo de esparadrapo y gasa y lo enrollé de mala manera alrededor de la herida. Lo que realmente me importaba era seguir al crío.

Apoyándome en lo que encontraba a mi paso, primero una mesilla y luego un sillón, salí a un largo pasillo en el que una decena de figuras borrosas deambulaban de un lado a otro flotando en una atmósfera escasa de aire y falta de vida. «¿Así son los espíritus?», me pregunté. Parecían imágenes de otro tiempo que confundían aun más mi razón, una que creía haber perdido por completo.

El silencio y la luz brillante que lo cubrían todo, me hicieron temer por mi vida. ¿Por mi vida? Quizá ya estaba muerto y debía continuar mi camino. Había escuchado tantas historias que por un momento pensé que una sucesión de imágenes en blanco y negro no tardarían en proyectarse delante de mí. Vería mi nacimiento y el momento de mi muerte. No tardarían en aparecer conocidos y familiares fallecidos para ofrecerme sus brazos antes de ponerme rumbo a la luz. Pero no podía ser. Nada de eso sucedía. Además, no me sentía muerto. Yo no estaba muerto.

Miré mis manos para comprobar que yo no era como ellos. Sentí un alivio que fue como poseer el mayor de los tesoros. Mi mano estaba tan arrugada como siempre y vi brillar el anillo de matrimonio en uno de mis dedos. Aquello provocó que esbozara una sonrisa. Primero, porque tuve la certeza de no ser uno de aquellos seres y segundo porque me acordé de Paloma. Sentí el deseo de volver junto a ella, de repente me sentí con las fuerzas necesarias para continuar mi camino en busca de respuestas a todas mis preguntas. Pero cuando me dispuse a ello, no pude más que dar tres pasos. Algo me detuvo en mitad del pasillo. Un sonido.

¿Era lo que pensaba? ¿Realmente era una pelota lo que escuchaba? ¿Era el bote continuo de una pelota contra el piso?

Una angustia similar a la que uno siente cuando se entera de la pérdida de un ser querido me dio la vuelta al estómago. Procedente de varias direcciones escuché el bote de dicha pelota acompañado de una especie de voz que acariciaba mis oídos advirtiéndome que no debía continuar, advirtiéndome que debía detenerme allí mismo y regresar de inmediato a mi cama. Sonido y voz rebotaban de una pared a otra, lo hacía contra el techo y contra el suelo.

Un estruendo comenzó a golpear mi cabeza una y otra vez. Las presencias borrosas se movían a toda velocidad, se cruzaban unas a otras dando la sensación de que buscaban una salida que no encontraban. Querían huir, escapar de algo que estaba a punto de aparecer y que todos temían.  Parecía que al otro lado de las paredes colapsaban edificios enteros, el sonido se hacía insoportable y muy doloroso. Me llevé las manos a los oídos y grité. Sentí calor entre mis dedos, algo pegajoso que resbalaba por mi piel. Supliqué silencio. Supliqué que esa infernal tortura se detuviera de inmediato.

— ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Basta ya!

Aquellas figuras fantasmales, a la vez que gritaba, encontraron su salida. Huyeron despavoridas a través de las puertas, a través de puertas cerradas. Atravesaban los muros como si estos no existieran.

— Basta ya…— repetí apenas sin aliento.

Me había quedado solo. Me sentía débil. Forcé la mirada para alcanzar a ver el final del pasillo, pero parecía no tener fondo. Sólo veía una hilera interminable de fluorescentes en el techo y un par de camillas vacías junto a una salida de emergencia. Sin tiempo para recuperar las fuerzas, escuché que una de las puertas que tenía a unos diez metros se abría muy despacio. Era la tercera que tenía a mi derecha.

De ella salió una pelota blanca que tras rebotar contra la pared, llegó rodando hasta mis pies. No dudé en agacharme y cogerla, era la pelota del niño que había visto antes en mi habitación.  Cuando me incorporé él estaba allí de nuevo. Estaba quieto, con esa misma mirada llena de dolor, con esa mueca silenciosa que parecía detener el tiempo.

— Toma, ¿es tuya? — pregunté dando un paso al frente.

El crío, receloso de mis palabras, caminó hacia atrás perdiéndose de nuevo en la oscuridad de la habitación. La puerta volvió a cerrarse sin apenas sonar. Sólo un ligero clic metálico así me lo hizo saber.

— No, no te vayas— dije demasiado tarde.

Una sensación, más que un acto de razón, hizo que caminara hacia aquella puerta. Y lo hice despreocupado, como si aquel lugar fuera conocido o habitual para mí. Cuando llegué a ella agarré el pomo y acerqué el oído. Necesitaba saber qué ocurría al otro lado. En un primer momento no escuché nada. De repente me sentí una pena incontrolable, intenté contener las lágrimas, pero no pude. Lloré como lo hacía aquel niño tras la puerta. Comencé a escuchar su llanto.

Me dispuse a entrar, pero antes sequé mis ojos. No podía permitir que aquel niño me viera así. Giré el pomo y  busqué con la mirada. Allí estaba, de espaldas y apoyado en la barra de los pies de una cama. En ella había alguien tumbado, pero no podía a ver de quién se trataba.

Los hombros del niño, se agitaban tan desconsolados como sus lamentos. No pude más que apretar la pelota y acercarme a él con la intención de devolvérsela. Quizás eso le tranquilizara.

— Pequeño, toma, creo que esto es tuya, es tu pelota…

El niño dejó de llorar, sin girarse comenzó a murmurar algo que no lograba escuchar con claridad.

— ¿Qué? ¿Cómo dices? — pregunté.

Di un par de pasos al frente, entonces entendí lo que decía.

— ¿No la viste? ¿No la viste?…— preguntaba una y otra vez en un susurro.

No di importancia a sus palabras. No me preocupé en dar significado a las mismas.

— Mira, pequeño— dije mostrando la pelota.

El chico guardó silencio y se giró hacia mí. Dirigió su mirada empapada en lágrimas a la pelota, que sin saber cómo, estaba manchada de…

— Pero qué… ¿qué es esto?

Estaba llena de sangre. Empapada de sangre. Mi respiración se aceleró, mis manos temblaron hasta dejar caer la pelota sobre un charco rojo sobre el que descansaban mis pies descalzos. Luego miré al niño, que se desplazó junto a la cama hasta situarse en un lateral.

— ¿No la viste? ¿No la viste?— gritaba.

No podría creerlo, eso no era posible. Retrocedí incapaz de entender lo que veían mis ojos, lo que escuchaban mis oídos. Pero no podía dejar de mirar. No podía dejar de mirar aquel espanto lleno de dolor.

— ¿Por qué no la viste? — gritaba el crío con la voz cada vez más aguda.

Aquel niño gritaba cara con cara, aquel niño se gritaba a sí mismo. Había dos críos exactamente iguales. Uno estaba de pie, el otro tumbado en la cama. Uno estaba fuera de sí, otro parecía descansar en paz. Parecía estar muerto.

A partir de ahí, sólo recuerdo que todo se fue quedando a oscuras y en absoluto silencio.

Entonces desperté sobre mi cama.

— No, no, qué te pasa, no, no grites más… — dije acompañando mis palabras con movimientos de cabeza.

— Cariño, cariño…, tranquilo…, ya pasó tranquilo.

Escuché la voz de Paloma, mi mujer. Sentí que apretaba mi mano y acariciaba mi frente empapada en sudor.

— ¿Dónde estoy?— pregunté sobresaltado.

— En el hospital, estás en el hospital.

— ¿Por qué? ¿Qué hago aquí? ¿Qué pasa con mis piernas?

— No les pasa nada, es la anestesia, te han operado, todo ha salido bien. Ya ha pasado todo cariño¾ dijo tranquilizadora.

Pero no, no había pasado todo. La tranquilidad que mi esposa intentaba darme con sus palabras, se rompió en un segundo. Ambos miramos hacia el pasillo a través de la cristalera. Los gritos de una mujer se escucharon en nuestra habitación casi como si ella estuviera dentro.

— ¡No, no! ¡Mi niño, mi niño! ¾ gritó

Las voces de un hombre y una mujer intentaban consolarla, pero no había manera de hacer callar tanto sufrimiento.

— Pobre mujer¾ dijo mi esposa.

—¿Qué ha pasado? — pregunté intentando incorporarme.

— Su hijo, un niño de 7 años. Jugaba en el parque con su pelota, se le fue a la carretera, el pequeño corrió tras ella y una moto…

— Él no la vio— interrumpí.

Marta me miró fijamente y apretó un poco más mi mano.

— ¿Cómo dices, cariño?…

— El niño— callé unos segundos—, él no vio la moto.

¾ Pero Martín, no entiendo cariño. Qué niño.

Llevé la mirada a un lateral y tragué saliva.

— No la viste… ¿verdad pequeño? — pregunté.

Mi mujer miró por toda la habitación. Intentaba encontrar a quien iban dirigidas mis palabras.

— ¿Con quién hablas?

Entonces lo entendí todo. Por fin lo entendía todo.

— Habla conmigo— contestó el pequeño, que estaba junto a mi cama con la pelota entre sus manos.

 

Un relato escrito por @teorodriguezcom

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