RELATO: LA CASA DE LOS TRES FANTASMAS

Casa-Abbandonata

Los hechos acontecieron en un lugar tan olvidado como la mente humana puede llegar a imaginar, en un lugar en el que respirar ya era una pista para saber que uno no se encontrara allí, solo. En aquel lugar, el silencio no era más que una cortina tras la cual se ocultaba ella

La noche era tranquila, abierta a la negrura y punteada con miles de estrellas que ejercían de brillantes testigos de lo que sucedía allí abajo. El edificio emergía retorcido en un mar de sauces llorones que proyectaban sus sombras sobre los desgastados muros. De arriba abajo, era difícil encontrar un hueco entre la hiedra, que se colaba sin compasión por todas y cada una de las ventanas del caserón.

El profesor Herrero, caminaba con una mochila al hombro y un maletín de cuero apergaminado, que guardaba sobre aquel lugar. Las primeras correspondientes a años en los que él se sentía joven, las últimas garabateadas con la sensación de un tiempo que llegaba a su fin. Consciente de su edad, comenzaba a pensar que lo que había perseguido durante toda su vida, quedaría allí encerrado a la espera de un digno sucesor que desentrañara el misterio.

—Hoy pondremos sensores y cámaras en las tres plantas—dijo el profesor.

—Todo está aquí dentro. Todo revisado. Baterías, cables… Hoy tengo la sensación de que lo lograremos—dijo Francisco.

Francisco Gómez era el joven. El aprendiz. Era una especie de clon del profesor. El ímpetu y sus ganas por descubrir o enfrentarse a lo desconocido, hicieron que el estudiante universitario de tercero de telecomunicaciones, apartara a un lado lo que para otros chicos de su edad era lo normal.

—Lograrlo. Dime, ¿qué esperas lograr? —preguntó el profesor Herrero colocándose las gafas con un dedo.

El joven miró al profesor tirando se la bolsa que colgaba de su hombro.

—Encontrarla. Encontrar a la dama blanca. Encontrarnos con ella, con su fantasma.

—¿Tienes pruebas de su existencia?

Francisco dio unos pasos antes de contestar. Miraba al suelo como si entre las piedras por las que caminaba fuera a encontrar la respuesta.

—Bueno, la mejor prueba es que usted lleva dando vueltas por aquí desde mucho antes de que yo naciera.

Herrero no contestó. El joven atisbó media sonrisa en los labios de su acompañante. Sin duda, algo tan extraño, como los fenómenos que aguardaban en la casona que ya tenían a la vista y a la que iban a llegar en menos de tres minutos.

El edificio estaba rodeado por una verja semi derruida y oxidada, que aguantaba a duras penas sobre un poyete de hormigón gris recubierto de liquen. La humedad de la noche, era palpable en todo lo que les rodeaba. Plantas y suelo por el que pisaban, parecían haber recibido una lluvia que llevaba más de medio día sin caer.

—¿Cree que lloverá?

El profesor sin mirar al cielo contestó.

—Se avecina tormenta.

—¿Tormenta? —preguntó Francisco mirando al cielo despejado.

—Hazme caso muchacho. Habrá tormenta.

Profesor y alumno, se adentraron en el edificio por la puerta principal. Para ambos era como regresar a casa después de un día de trabajo.

—Creo que lo mejor es que coloquemos aquí el puesto principal. Está apartado de las ventanas, nos aislará un poco mejor… de la tormenta—dijo Francisco con cierta ironía.

El profesor Herrero, ni tan siquiera escuchó las palabras del chico. Una vez dentro de la casa, sus sentidos sólo se volcaban en aquello que había perseguido durante años. Miraba de un lado a otro expectante. Miraba como si fuera consciente de que alguien observaba en la oscuridad. Antes de sacar sus cuadernos, y de sentarse sobre el tablón de siempre, se detuvo en las escaleras. Ascendió con la mirada por sus peldaños. Era por allí por donde la habían visto a ella. Pensativo se preguntaba. ¿Por qué? ¿Por qué otros y no yo?. Decenas de testigos que nada tenían que ver entre sí, coincidían en la descripción de lo imposible.

—Si le parece voy a tirar el cable hasta la planta superior. Creo que incluso tenemos para llegar a la segunda planta. Sensores tenemos de sobra, incluso podemos probar estos inalámbricos…—dijo Francisco mostrando uno al profesor, que caminó hasta su puesto.

—Está bien—respondió.

Veinte minutos después, todo estaba dispuesto para pasar una noche a la espera. Silencios que devoraban los minutos esquivando el sueño, silencios que acorralaban a la paciencia con la intención de hacerla saltar por los aires. Pero para el profesor Herrero, la espera formaba parte de las posibilidades de éxito. Lo que su interior le decía, aún era más valioso que las noches en blanco. Sus sensaciones eran tan reales como lo que aquellos testigos le habían confesado. Él sabía que no estaban locos. Era consciente de que algunos de ellos habían bebido más de la cuenta, pero lo que relataban… Los dos esperaban corroborarlo en sus monitores de vídeo conectados a cámaras de visión nocturna.

—Profesor, ¿por qué esta casa?

Herrero se sonrió.

—Esto que ves, no es sólo una vieja casa. Aquí hay algo más, que espera el momento justo, para darme la respuesta… a la eterna pregunta.

Antes de que Francisco pudiera añadir o contestar nada, un pitido estridente, acompañado de un destello rojo, sorprendió  ambos. Ni una sola noche, de todas las que habían pasado allí, una de aquellas lucecitas se había encendido.

—Es el sensor de la planta tres. Habitación uno.

—Pincha la cámara tres—dijo el profesor señalando el monitor.

Sus ojos se clavaron el la pantalla buscando lo que…

—No hay nada—apuntó Francisco.

El profesor continuó observando el monitor. Recorrió las catorce pulgadas del TFT una y otra vez con la esperanza de encontrar una sola muestra. Luego se levantó.

—¿Dónde va? —preguntó Francisco.

—Acércame esa radio.

—No pretenderá…

—Te he dicho que me des esa radio—insistió Herrero, que además cogió una linterna.

Francisco cumplió la petición del profesor. De la base de carga, enchufada a un pequeño generador eléctrico, cogió un walkie que entregó a Herrero.

—No apartes la vista del monitor—dijo antes de enfilar las escaleras.

El profesor Herrero se dirigió a la tercera planta, la más dañada de las tres. También era la planta en la que se habían registrado más incidentes sin explicación razonable. Pasos, luces, respiraciones y… la voz de ella. Una vez arriba, el profesor tenía delante un estrecho pasillo con dos puertas, una a cada lado.

—Profesor, ya le tengo en pantalla—dijo Francisco pegando la radio a su boca—, el sensor sigue activo, ¿ve algo?

—No. Pero… Algo se ha movido ahí dentro. ¿Estás seguro que no ves nada?

Francisco se acercó al monitor. Comprobó que efectivamente tenía delante la imagen de la habitación uno, ubicada en la tercera planta.

—Nada profesor. La habitación está completamente vacía.

—Voy a entrar en ella.

Con mucho cuidado, con suma delicadeza, caminó sobre el suelo desconchado en dirección a una de las puertas. Hacia la misma puerta, dirigió la linterna.

—Profesor, el sensor ha dejado de sonar—dijo el joven desde su puesto en la planta baja.

—¿Qué temperatura tienes ahí abajo?

—Ocho grados.

—¿Y cuánto marca aquí arriba?

Se hizo un silencio.

—Pregunto, ¿cuánto marca aquí arriba?

El profesor escuchó la respiración de Francisco a través de la radio.

—Cero—contestó.

Herrero, que se había detenido en mitad del pasillo, dio un pequeños paso. No perdía de vista la puerta.

—¿Estás aquí verdad? —preguntó en un susurro.

Dio un paso más.

—Profesor, de nuevo el sensor—dijo Francisco—, pero ahora corresponde al de la otra habitación.

Un segundo paso sirvió para cambiar de dirección.

—¿A qué estás jugando?

—Profesor, el de la habitación uno se ha activado de nuevo—anunció Francisco con la voz nerviosa—, la señal de vídeo está fallando. Creo que será mejor que salga de ahí. Es mejor que regrese aquí abajo.

Pero el profesor no escuchaba a su alumno. No quería hacerlo. Las palabras del joven llegaban a sus oídos como si estuvieran pronunciadas en un idioma que no conocía. Se paró frente a la habitación uno. Tras un instante, se adentró en ella.

—Profesor el techo ahí dentro se está… El techo, se está…—el joven intentaba decir al profesor que en su monitor veía como pedazos de escayola llovían en la habitación como pedazos de granizo.

Herrero tenía de frente una ventana, lo que quedaba de ella. Las paredes, llenas de pintadas, adquirieron un tono amarillento de imposible procedencia.

—¿Estás aquí verdad?

Antes de que pudiera darse cuenta, un estruendo precedió al derrumbe de una parte importante del techo que cayó sobre el profesor.

—¡¡Profesor!!

Francisco arrancó sus auriculares de la cabeza y corrió por las escaleras en dirección a la parte superior. Dejó atrás los monitores, en los tres lo único que se veía era ruido blanco. Cuando el joven llegó a la tercera planta, enseguida supo que la habitación uno había resultado dañada, al igual que el profesor. Cuando atravesó el cerco de la puerta, vio un montón de escombros y parte del cuerpo de Herrero, que yacía en el suelo. Se acercó y comenzó a retirar pedazos de yeso y ladrillo.

—Profesor…

La respuesta no fue en palabras. El profesor Herrero tosía y se quejaba.

—Profesor, ¿está bien? ¿me escucha?

Con la cara llena de polvo, pudo mirar a los ojos a su alumno.

—Vete… Vete de aquí—dijo entre jadeos.

—Voy a pedir ayuda. Voy a bajar a pedir ayuda.

Francisco comprobó que las ropas del profesor estaban manchadas de sangre. También que tenía una herida de cierta consideración en la frente.

—Enseguida vuelvo—dijo antes de salir de la habitación.

Una vez llegó a la planta baja, cogió el teléfono y llamó a emergencias. Por suerte había cobertura, pudo informar de la situación y le comunicaron que un equipo salía en su busca. Nada más colgar el teléfono…

—Joder…

Saltaron los sensores de la tercera planta. Luego los dos de la segunda. También los de la primera y… los de la planta baja. Justo los que tenía situados a sus espaldas. Francisco quedó paralizado. Algo se apoyó sobre sus hombros. De reojo pudo ver, como su chaqueta se arrugaba lentamente como si alguien la estrujara entre sus dedos. Manos invisibles, que instantes después, le empujaron ligeramente hacia las escaleras, queriéndole decir que subiera. Aterrado, ascendió por ellas todo lo rápido que pudo hasta que al llegar a la tercera planta, a la habitación uno…

—¿Profesor?

Comprobó que el cuerpo de Herrero, había desaparecido. Lo único que pudo ver, fue un rastro de sangre que indicaba que había sido arrastrado por el suelo. Con su linterna siguió la mancha roja y fresca. Entonces descubrió que su maestro, colgaba bocabajo… flotando en el aire, como si algo le sujetara por los pies. Se balanceaba de un lado a otro como un péndulo, pero lo hacía muy despacio.

—Esta es la eterna pregunta…—escuchó Francisco en una voz femenina que se perdía en un eco.

El joven se giró con el corazón parado.

—¿También quieres la respuesta? —preguntó la misma voz.

Francisco gritó y gritó hasta sentir que su garganta se rompía y todo se volvía oscuro…

 

El 112 llegó minutos después. Encontraron el cuerpo del profesor Herrero en la tercera planta.

—Tienen que hacer algo, tienen que hacer algo—insistía Francisco.

—Está muerto—informaba uno de los sanitarios por radio—, varón de unos setenta años aproximadamente.

A un par de metros, también debajo de un pedazo de techo…

—También tenemos el cadáver de un joven. Parece que el techo se les ha venido encima.

Francisco comenzó a temblar.

—¿Pero qué dice? ¿Qué está diciendo? —preguntaba el joven sin entender nada.

—Es la respuesta Francisco…—escuchó a un lado.

Cuando el alumno se giró, encontró al profesor.

—Esta es la respuesta.

 

El viejo caserón de la finca Los Jarales, también era conocido como La Casa del Fantasma. Allí, desde su abandono en 1947, se habían producido multitud de fenómenos extraños para los cuales no se había encontrado una explicación. Estos fenómenos fueron estudiados por el profesor Herrero durante décadas, también acompañado en los últimos dos años por su ayudante, Francisco Gómez. Ambos perdieron la vida en extrañas circunstancias, la madrugada del 4 de Febrero de 2001 en aquel lugar, lugar conocido actualmente como… La Casa de los 3 Fantasmas.

 

Un relato escrito por @teorodriguezcom

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