RELATO: SE NOS FUE DE LAS MANOS

parada

Joder mi puta cabeza, fue lo primero que pensé cuando abrí los ojos. Luego me pregunté cómo cojones había acabado allí, junto a esos contenedores que apestaban a basura y a meados. Probablemente alguna de esas meadas era mía, pero lo que más me jodía de todo era poner las manos en las meadas de otros, o de perros que era peor. Aguanté sentado en el suelo unos segundos, de haber intentado levantarme de primeras, las piernas se me hubieran doblado como si en ellas no tuviera huesos. Resoplé e intenté recordar qué era lo último que había hecho.

 

“Cuando entré esta mañana y me lo contaron, pensé que todo era una broma. Tenía que ser una broma”

Rubén Marcos, Vigilante de seguridad.

Sabía que había estado en una fiesta del trabajo. Bueno, concretamente en el cierre de fiesta de una celebración, con los de siempre, en el bar de siempre. Una tasca de mala muerte en la que lo único bueno era el precio de las cervezas. El dueño estaba peor que nosotros, era uno de esos que bebe sin parar a lo largo del día con sus clientes. No entiendo cómo era posible que el negoció aún se mantuviera abierto. Lo mismo gracias a borrachos como nosotros que creían pagar menos rondas de las que pagaban realmente. Hubo muchas noches en las que él, y mis dos compañeros de oficina, nos quedábamos hasta bien entrada la madrugada con el cierre echado.

No tenía ni idea de la hora que era. Ni me acordaba de dónde había aparcado el coche. No me importó mucho en aquel momento, ya que no me encontraba en condiciones de ponerme al volante. No estaba dispuesto a jugármela de nuevo. Ya tuve un incidente con una tía que me costó la retirada de carné y una multa de más de mil pavos… Maldita zorra. Yo iba borracho, pero ella ni puta idea de las señales de ceda el paso. Acordarme de aquello hizo que me doliera un poco más la cabeza. El olor a meados me estaba matando. Tenía que salir de allí si no quería morir asfixiado.

 

“¿Cómo iba a pensar que podía pasar algo así? Claro que no. Estaría loca si lo pensara”

Isabel Ruiz, Secretaria de dirección.

 

 

Llevaba el traje lleno de mierda. A saber de qué. Podía ser cualquier cosa. Al final de la calle vi algunos coches pasar. No debía quedar mucho para que amaneciera. El cielo comenzaba a clarear, ya podían distinguirse las nubes. Nubarrones muy oscuros. Cuando fui a echar mano del teléfono para llamar un taxi, me di cuenta de que no lo llevaba encima. Debí dejármelo en el bar, todo un clásico. Con lo que me había gastado en móviles en un año, podía haberme ido un mes de vacaciones a las islas Seychelles con todos los gastos pagados. Me di la vuelta, la moto de Andrés, el dueño, ya no estaba, por lo que ese desgraciado no estaba en aquel nido de ratas. Puto gordo de mierda.

Los cabronazos de Martín y Alfredo me dejaron allí tirado. Seguro que se habían hinchado a sacarme fotos que pasarían por WhatsApp a toda la oficina. Me la tenían jurada, yo ya me había encargado de hacer saber a todos que ambos habían terminado una noche loca en el los asientos traseros de un coche con supuestas mujeres, que escondían sorpresa entre sus piernas. Comencé a reírme. Nos hacíamos muchas putadas, pero lo llevábamos bien. Eran muchos años compartiendo cosas, vivimos momentos muy buenos, aunque también los hubo malos. En lo que a mí respecta, estuvieron a mi lado cuando me divorcié… Fueron ellos los que sostuvieron mis cuernos.

 

“Aquí todos sabíamos cómo eran. Lo que hacían. Un día querías matarlos y otro salir de fiesta con ellos. Para ellos todo era una fiesta”

Lorenzo Fernández, comercial de seguros de vida.

 

Caminé hasta la avenida principal con la esperanza de encontrar un taxi. A lo lejos vi un vehículo con un piloto verde que se acercaba. No podía creer que fuera a coger uno a la primera. Pero la alegría duró diez segundos. El taxista pasó a toda velocidad a pesar de que le dejé bien claro con mi brazo que quería que parara. Con las pintas que llevaba, no era de extrañar que pasara de largo. El viento soplaba, el cielo amenazaba con descargar tormenta con relámpagos intermitentes que lucían en el horizonte. Con cada uno de ellos se podían ver recortadas las colinas de un parque próximo al que ya acudían los runners… Hay que ser muy gilipollas para ponerse a correr cuando todavía no ha salido el sol. Joder, la cabeza de los cojones. El dolor era insoportable.

Pasaron dos coches más, pero ninguno era un taxi. Por hacer tiempo o por intentar centrarme, quise recordar lo que hicimos después de la cena. Tomamos unas copas en un pub que había frente al restaurante. Nos quedamos los de siempre, pero además, logramos que se quedara Gallego, un tipo peculiar al que odias un día y por el que sientes entre pena y cariño al día siguiente. Muchas veces nos arrepentíamos de las bromas. Muchas de ellas no venían a cuento, bastaba con que pasara por allí para darle la estocada. Las risas resonaban de despacho en despacho mientras él regresaba a su cubículo de contable con el rabo entre las piernas. En el fondo nos daba pena. Podíamos hacerle un montón de putadas, pero la mayoría era para que espabilara, para que se diera cuenta que el mundo iba más allá de sus mierdas tecnológicas y los videojuegos. Treinta y tres años y el tío siempre estaba leyendo revistas de esas mierdas, además era un fanático de los juegos de rol. En días que nos tocaba hacer horas, escuchábamos sus conversaciones, a saber con qué o con quién, acerca de batallas o poderes sobrenaturales que poseía. Nos descojonábamos. Vale que nosotros también parecíamos críos, pero lo suyo era para que lo encerraran.

 

“No sé qué tipo de relación tenían entre ellos. Supongo que como con el resto. Llevamos muchos años aquí. Siempre se portaron bien conmigo”

Maite Ramos, Recepcionista.

 

Mientras esperaba en la acera a un nuevo taxi, comencé a recordar cosas. Cuando nos echaron del Pub, decidimos ir al antro de Andrés. Además de nosotros y Gallego, también se apuntaron unas tías que no conocíamos de nada. Estaban buenísimas, pero el problema es que sólo eran dos. Uno se iba a quedar sin mojar, aunque la posibilidad de orgía no estaba completamente descartada. No iba a ser la primera, y tampoco iba a ser la última… Al verlas pensé que eran dos prostitutas que Alfredo había llamado. Eran su debilidad, se dejaba una pasta. Decía que le salía más barato pagar por echar un polvo que tener novia o un rollo. Siempre insistía en pagar unas putas a Gallego. Era su particular forma de compensar todas las putadas que le habíamos hecho. Pero yo creo que las tías no le van, tampoco los tíos. Alguien así no me lo imagino compartiendo nada con nadie. Por lo que sabemos, estuvo viviendo con su madre hasta que murió. Luego se quedó solo, solo y virgen. Eso sí, seguro que se la meneaba como un mono… Pero pensando en bichos raros, eso seguro.

El viento comenzó a soplar con fuerza. Una señora pasó delante mía con su perro. Iba escondida en su abrigo, parecía más que el perro la sacaba a ella que ella al perro. Creo que alguna que otra vez me había cruzado con ella. Pasó a mi lado y aceleró el paso. Al fondo vi la parada de autobús. Era una opción para volver a casa, además la marquesina me resguardaría del frío. A unos diez metros me paré. No me lo podía creer. Allí estaba él. Era Gallego, estaba sentado en la parada de autobús. Tenía la mirada perdida en el horizonte. Sostenía entre las manos un par de bolsas, las mismas que solía llevar siempre. La gente normal lleva mochilas, maletines… Pero no bolsas de plástico, de supermercado o de tiendas de comics. Entonces comencé a recordar cosas. Decidí acercarme a él. Una última ráfaga de aire quiso frenarme, pero llegué a la marquesina.

—¿Qué tal Gallego? —pregunté antes de sentarme a su lado.

Me apoyé en el respaldo y respiré profundamente.

—Menuda juerga anoche—dije intentando sacar algo de información a Gallego.

No movió un solo músculo de su cuerpo. Seguro que le hicimos algo gordo para que ni tan siquiera me mirara. Pero no me acordaba de nada. Seguro que los cabrones de Martín y Alfredo se pasaron dos pueblos.

 

“No es que pensara que algo así sucedería, pero si lo piensas fríamente… Algo tenía que pasar. Aunque joder, es muy fuerte”

Antonio Menéndez, Informático.

 

La señora del perro pasó al otro lado de la calle. Miró hacia nosotros un instante y enseguida retiró la mirada.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —pregunté.

Tenía la cara blanca como la leche. Sus gafas estaban empañadas. Con una de las manos sujetaba las bolsas como una de esas viejas que agarran el bolso temiendo el tirón de un maleante.

—Menudos cabronazos Martín y Alfredo… Esos capullos me han dejado ahí tirado. Seguro que se fueron con las tías…—dije con una sonrisa forzada.

Su rostro permanecía impasible. Volvía a estar perdido en el horizonte, en el amanecer… Los pájaros comenzaban a cantar y los coches cada vez eran más numerosos sobre la calzada. El semáforo cambió a rojo y un repartidor se paró a unos tres o cuatro metros de nosotros. Llevaba la música a toda leche, bazofia latina.

—Menos mal que hoy el jefe nos ha dado el día libre… Es un cabronazo, pero se tira el rollo—dije.

Ni me miró. Comencé a pensar que quizás debía disculparme. No sabía porqué, pero algo debíamos haber hecho. ¿Las putas? ¿Fue algo relacionado con las putas? ¿Serían travestis? Joder… Mierda de cabeza. No recordaba nada y encima no paraba de dolerme.

 

“Supongo que sería la gota que colmó el vaso. No me lo creo todavía”

Beatriz Montes, Comercial de seguros de hogar.

 

Tomé unos segundos para pensar lo que iba decir. A medida que lo hacía me di cuenta de que quizás debía pedir perdón por muchas cosas. Quizás lo mejor era una disculpa en general. Era la primera vez que estaba a solas con él. La señora del perro cruzó la calzada y pasó por detrás de la marquesina. El perro continuaba tirando de ella.

—Verás… Creo que te dedo una disculpa. La verdad es que unas cuantas. Y tampoco me equivoco si hablo en nombre de los tres. No es que tengamos nada en contra tuya, ya sabes, somos así con todo el mundo. Hacemos bromas continuamente, a nosotros también nos las hacen…

De fondo se escucharon los ladridos de un perro. La voz de la dueña llamaba al chucho a gritos. Los labios de Gallego se arquearon en lo que parecía una sonrisa. Fue algo que acogí como una especie de alivio.

—Nos caes bien, no te creas que somos tan diferentes a ti. También nos gustan los videojuegos y todo ese rollo—mentí—, de hecho podíamos quedar un día y echar unas partidas… A uno de futbol, o a pegar tiros…

El autobús se acercaba. El perro no dejaba de ladrar y su dueña lo llamaba. Se habían metido por el callejón del bar. Ya decía yo que la cara de la señora me sonaba de algo. También el chucho. Joder, seguro que los meados de mi chaqueta eran del puto perro.

—¿Vas para el centro?—pregunté señalando el bus, que frenaba poco a poco para detenerse en la parada.

Gallego se levantó. Yo iba a hacer lo mismo pero… Escuché unos gritos. Eran gritos de mujer que se mezclaron con los ladridos de perro. La mujer gritaba horrorizada. Me incorporé, pero no podía ver nada. Cuando quise reaccionar para subirme al autobús, las puertas se habían cerrado. Vi a Gallego que tomaba asiento.

—¡Eh! ¡Eh!… ¡Espere! ¡Espere! —grité corriendo junto al autobús.

Pero no se detuvo. Continuó su camino sin hacerme puñetero caso. Por el callejón apareció la señora a gritos. Pedía ayuda. Pedía que alguien llamara a la policía. Instintivamente eché la mano al bolsillo para coger el teléfono, pero recordé que no lo tenía. Entonces me di cuenta de que el gilipollas de Gallego se había dejado una bolsa. Me acerqué para cogerla y… Todo se detuvo cuando descubrí lo que había en su interior. La cabeza comenzó a dolerme mucho más.

 

“Fue horrible. Mi perro comenzó a ladrar como un loco. Se metió detrás del contenedor. Cuando fui a por él… Descubrí los cuerpos. Ninguno de ellos tenía cabeza. Ninguno de los tres”

Lourdes Infante, maestra de primaria.

 

Un relato escrito por @teorodriguezcom

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4 comments

  1. Hola , escribo solo para felicitar y agradecer tu contenido genial , lo descubrí hace poco y no paro de escuchar tus podcasts me encanta ,el terror y encontre de otro mundo la linea y guion de ellos desde chile te agradezco

  2. Geniales todas las historias. Acabo de conocer tu página, pero los audios de tus historias ya los conocía desde hace dos años. En verdad, me apasionan. Me gusta el género del terror desde que soy niño (a mi mamá le encantaban las películas y series de terror), y puedo decir que el terror que haces es muy, pero muy bueno (teniendo en cuenta que todas las películas de terror actuales me dan risa). Desde Perú, mis mejores deseos.

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