Relatos

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AGARRARÉ SU MANO

Tenía mucho frío… Una noche más esperaba a que ella apareciera de nuevo… Me preguntaba si de una vez por todas… me atrevería a hacerlo… Habían sido tantos los intentos… Era doloroso…, muy doloroso querer… y no poder hacerlo… Ella se había ido. Sé que jamás volvería a tenerla entre mis brazos… Sé que jamás volvería a probar sus labios…

Tenía mucho frío… Estaba congelado… cuando…, poco a poco la puerta se abrió… Sentí la sombra de su cuerpo atravesar el mío… Una punzada amarga que trajo a mi mente recuerdos pasados que ya sólo eran eso… nada más que recuerdos… Y yo estaba allí…, con la respiración sumergida en una bañera rebosante de agua y hielo…, rígido…, paralizado… ¡¡¡Cuánto diría!!!… Pero no escucha… y no lo hace… aunque quisiera… Sólo entra noche tras noche… por esa puerta… Pasos que flotan en el aire arrastrados por la pena…, recorre en pocos centímetros distancias infinitas… Camina entre mundos encontrados ahora separados para siempre…

Tenía mucho frío… Estaba congelado… Sentía mi cuerpo fuera de su mundo… Una vez más… cerró la puerta… Se acercó a mí en silencio…, se sentó en la cama… y… ¡¡¡me llamó!!!… Susurró mi nombre pero fui incapaz de decir nada… No quería decir nada… Yo sólo quería tocarla…, alargar mi brazo y sentir su piel… Sólo eso… Sólo una vez… Cuántas noches pude hacerlo… y quedé quieto… Cuántas noches pude… ¡¡¡Cuántas, cuántas!!!… Tantas como vidas hubiera deseado vivir a su lado…

Tenía mucho frío… Estaba congelado… Sentía mi cuerpo fuera de su mundo… Su mundo ya no era el mío… El mío ya no era el suyo… Ella buscaba acomodo bajo las sábanas mientras yo…

Tenía mucho frío… Estaba congelado… Sentía mi cuerpo fuera de su mundo… Su mundo ya no era el mío… El mío no era el suyo… Uno era para los vivos…, el otro era el mío… …, el mío era para los muertos… Una noche más mostró su brazo…, una noche más dejó suspendida en el aire su mano… Ella tumbada sobre la cama…, yo oculto debajo…

Hoy creo que sí…, esta noche creo que… …, esta noche creo que AGARRARÉ SU MANO

Teo R.

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SÓLO UNA PESADILLA

Eran poco más de las dos de la madrugada…, eso marcaba el reloj de mi teléfono… Como de costumbre, saqué los pies por debajo del edredón… Me gusta sentirlos fríos…, igual que a ella… Mientras colocaba uno de los auriculares en mi oído, otra de mis manías es escuchar la radio de madrugada, eché un ojo a mi derecha… Allí estaba…, como de costumbre abrazada a la almohada…, con un cojín bajo su cabeza…, y como no, con los pies por fuera… No pude más que esbozar una adormilada sonrisa mientras dejaba un beso en su mejilla…, casi pegado a sus labios… Luego acomodé mi cuerpo casi al borde de la cama y cerré los ojos… En un segundo… todo cambió…

¡¡Un tremendo sobresalto arrancó los cascos de mis oídos!!, cuando me giré… Vi a Patricia lanzando manotazos al aire como si quisiera librarse de algo que yo no veía… Cada gesto, cada grito… me dejó bloqueado…, era incapaz de reaccionar… Unos de sus brazos fue a parar al borde de un cuadro que tenemos justo encima de la cabecera de la cama…, éste se descolgó cayendo sobre nosotros… Fue entonces cuando ella despertó…, cuando yo recuperé el movimiento… Estaba muy nerviosa, asustada…, estaba aterrada… Aparté el edredón y la abracé… Intenté calmar el sofocón con palabras tranquilizadoras y suaves caricias mientras apoyaba su rostro empapado en lágrimas sobre mi pecho… Tardó en calmarse…, y lo hizo sin pronunciar una sola palabra… Minutos después… volvió a quedarse dormida… Los latidos de su corazón eran los que me decían que todo había pasado… Al menos, eso es lo que pensé…

¿Conoces el estado ese en el que lo real se mezcla con lo imaginario?… ¿Ese estado en el que crees estar despierto pero también dormido?… Pues justo en ese instante… y no en otro…, en esa décima de segundo… ¡¡abrí los ojos!!…, instintivamente llevé la mirada a una botella de agua que había dejado sobre un aparador que hay frente a la cama…, cual sería mi sorpresa cuando… …cuando vi que ésta se volcó… y rodó hasta caer al suelo… Acompañé el impacto con un encogimiento de hombros, con una seca inspiración de aire que paró mi respiración… y sobresaltó de nuevo a Patricia… Ambos nos incorporamos…, ambos escuchamos la botella rodar por el suelo hasta que se detuvo bajo la cama… Mi novia me miró…, su respiración comenzó a acelerarse… tuvo que abrir la boca para coger el aire que le faltaba…, yo sólo podía mirarla… ‘¿Qué ha pasado?’, parecía preguntar en silencio… … Algo más… desvió mi atención…

Procedente del piso inferior…, fuera de nuestra habitación… comenzamos a escuchar el llanto contenido de un niño que cada vez… sonaba más cercano… ‘Es mi hijo’, pensé…, pero… era un simple auto engaño, una ilusión… nosotros… no… … En fin, sabía que eso no era posible…

Ese lamento…, esas respiraciones…, ese dolor infantil corría por mi interior sacando casi a patadas mi corazón de sitio… Su llanto sonaba tan desgarrador que era como el arañazo del acero sobre el cristal…, era tan agónico como el temblor continuo de los labios de Patricia…, que pararon de tiritar… cuando el lamento infantil… se fundió en silencio…

Poco a poco…, paso a paso…, escalón a escalón…, alguien parecía ascender por las escaleras… Eran pasos pequeños…, sonaban fríos y descalzos…, sonaban como una cuenta atrás que… llegaría a su fin… justo a la puerta de la habitación…

La puerta se abrió…, pero lo hizo sin prisa… Al otro lado…, al otro… lado… no había nadie… No había nada… Mi mano encontró a ciegas la mano de Patricia…, tragué aire e intenté recuperarme… Por segunda vez… pregunté lo mismo…, y de nuevo… en silencio… ‘¿Qué ha pasado?’… Lo estremecedor no fue lo que había pasado…, lo estremecedor… estaba por llegar…

¡¡¡Un terrible grito!!! ¡¡¡Un alarido lleno de dolor!!!…., rompió el silencio hasta llevarme al borde del colapso…, la sensación fue como arrojar mi cuerpo a una bañera llena de agua y miles de cubitos de hielo… Uno tras otro los espasmos sacudían mi cuerpo hasta pegar mi espalda contra el cabecero de la cama… ¡¡¡Patricia gritó!!!, se tiró sobre mi… fue entonces cuando él…, fue entonces cuando un niño que apenas tendría tres años… entró en la habitación corriendo… ¡¡Gritaba con sus brazos extendidos!!! ¡¡¡Parecían de marfil!!!…, rodeó la cama hasta detenerse junto a mí… En ese momento dejó de llorar…

Su respiración, aguda y acelerada, marcaba el ritmo de la mía… Su mirada era negra, hueca…, de sus ojos… sólo se distinguía el contorno… Por sus mejillas, pálidas y agrietadas, se deslizaban agónicas lágrimas empapadas en dolor que al igual que sus brazos, parecían pedir ayuda… Y eso intenté…, intenté ayudarle…

Con mucha delicadeza…, aparté a Patricia… Ésta, tímidamente…, tiraba de mi brazo para que no me apartara de ella… Estaba tan asustada…, que tampoco insistió demasiado… Ella reculó con un gesto de amargura que jamás olvidaré…, yo avancé hacia el niño… El pequeño extendió sus brazos hacia mí…, como si quisiera que le cogiera… Cuando intenté hacerlo…, sus manos atravesaron las mías…, mis manos atravesaron sus brazos…, atravesaron su pequeño cuerpo… Intenté abrazarle…, pero… era como si intentara abrazar la niebla… El pequeño se dirigió a mí… con un tembloroso… ‘Ayúdame…’…

¡¡¡¡DESPERTÉ!!!!…, estaba empapado en sudor…, en lágrimas… Mi corazón era un tono continuo de tensión acumulada… Miré el aparador…, allí estaba la botella… de pie, miré a la puerta que… estaba cerrada…, ¡¡¡SÓLO UNA PESADILLA!!! ¡¡¡HABÍA SIDO SÓLO UNA PESADILLA!!!… Eso fue lo que pensé… Pero… desperté de una… para vivir despierto… el momento más terrible y aterrador de toda mi vida…

Patricia, estaba tumbada sobre la cama…, dormida…, quieta…, y… abrazada a ella…, sin apartar sus ojos de los míos… estaba Damián…, nuestro hijo… un hijo que… perdimos hacía justo un año… Juro que era real…, eso… no era SÓLO UNA PESADILLA…

Teo R.

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BUTTES-CHAUMONT

Caminaba por la Rue Botzaris… Su paso era lento, con intermitentes pausas en las que dirigía su mirada hacia las copas de los árboles que llenaban ese lugar al que nunca… … Las hojas, volaban por encima de la verja…, caían rendidas a sus pies…, a su elegancia negra…, a esa figura que hasta dibujada en aquellas sombras… era tan bella como siempre… Tan bella como nunca… Un alarde tan desproporcionado… que cualquier tesoro a su lado parecía un simple puñado de arena… Avanzó dos pasos…, luego uno…, y uno más… así hasta ocho…, y allí se detuvo…

Cuando giró la cabeza… una intensa y seca sacudida recorrió mi nuca… Por un momento quise levantar la mano para decir “estoy aquí…, aquí…”… “he venido por ti…, por fin he venido…”… Pero… …, se giró de nuevo mostrando a mis cansados ojos su larga melena…, esa espiral de caricias en la que tantas veces habían quedado atrapados mis dedos… No pude más que agachar la mirada… y rendirme a la evidencia…, por mucho que doliera…, por mucho que ahogara…, por mucho que faltara el aire… …Segundos después…, un soplido impregnado de dulzura…, de su dulzura…, me avisó… Ella no estaba…, las hojas se la habían llevado…

Poseído por los nervios…, corrí en silencio calle abajo…, la impaciencia paró en seco mis agónicos pasos…, miré a la izquierda, a la Rue Fessart…, busqué bajo las intermitentes farolas…, balbuceé a la oscuridad sin que ésta me dijera nada…, pregunté a las nubes…, pregunté a la luna…, pero ni ella quería saber nada de mí… No había nada… no quedaba nada de ella…, pero… ¡¡detuve el tiempo!!… Pensé que no…, pensé que no sería capaz… pero si lo hizo… …

En mitad de la calma… sus zapatos golpeaban el suelo pidiendo mi atención… De igual manera que el Templo de la Sibila…, que majestuoso desde su cima dejó de mirar por un instante al barrio de Montmartre… Su cúpula parecía llamarme con disimulo…, quizás para que ella no se diera cuenta… Sin pensar más de lo necesario… me dejé guiar por impulsos que destilaban débiles pálpitos de esperanza… Quizás esta noche…

A un lado treinta metros de roca permanecían atentos…, a sus pies… un lago que se heló expectante…, frente a mí… un largo paseo flanqueado por bancos perfectamente alineados… En uno de ellos… en uno de ellos estaba ella… Descansaba sentada…, jugaba con sus dedos a oscuras…, el pelo tapaba su rostro…, pero daba igual… era como si lo estuviera viendo… ¡¡cómo demonios no iba a hacerlo!!…, ¡¡cómo demonios iba a olvidarlo!!!… Bastó la primera vez que lo vi, bastó su primera mirada…, bastó su primer beso en aquellas escaleras… para dejarlo grabado para siempre en el lugar que nadie más ocupó como ella…

El viento me empujó… Las ramas de los árboles crujían animosamente a que diera el paso…, a que por fin me reuniera con ella en ese lugar que…, que tantas veces… “¡¡¡Está bien.., está bien…!!…, ya voy…”… … Y eso hice…, caminé hacia ella… A cada paso que daba estaba más convencido de que ya no había vuelta atrás…

Estaba a su lado…, tan cerca que sentía como su aroma me abrazaba…, que sentía sus latidos como si fueran míos… Pero ella…, ella seguía perdida entre sus dedos…, entre su melena… Un diminuto chapoteo vino del lago… posiblemente una rana que no soportaba tanta indecisión… o quizás se tiró desde su piedra para decirme “…¡¡lánzate tú!!…”… ¡¡No sabía qué hacer!!… ¡¡maldita sea… pensaba que una rana me estaba hablando!!… ¡¡Qué los árboles me animaban!!… ¡¡¡Que el viento me empujaba!!… Me estaba volviendo loco… Ella me estaba volviendo loco…

Inspiré con todas mis ganas el valor necesario para sentarme junto a ella… eso hice… Mis piernas temblaban…, mis manos intentaban calmarlas…, pero temblaban aún más…, hubiera gritado ¡¡¡quietas!!!…, pero mi voz hubiera temblado aún más… de hecho creo que articular palabra hubiera sido misión imposible… Necesitaba poner en calma mi estado… Pero…

Sus manos descubrieron el objeto de su juego…, un anillo… Un diamante, que ahora tornaba en cielo bajo sus ojos…, coronaba el aro…, la yema de sus dedos lo acariciaban…, pero ya no brillaba… ¿querría devolver con sus caricias el brillo pasado?… Ya no sentía… ya no valía nada… Pero… no paraba de frotarlo…, incluso lo intentó con una lágrima que rompió contra él en un último esfuerzo… Pero… inútil esfuerzo… No lo consiguió…

Sigilosamente…, como para no querer ser vista… depositó con suavidad el anillo sobre el banco… Lo acarició por última vez… y se levantó… Segundos después… su figura envuelta en luto… se perdió arrastrada por el viento… arropada por los árboles… Y allí quedé…, en aquel lugar al que nunca fui…, en aquel lugar… en el que nunca he estado… Junto al anillo…, junto al banco en el que ella grabó cuatro números que siempre quiso enseñarme…, cuatro números que me hicieron sentir y que tantas veces susurró a mis oídos… Cuatro números… que ahora suenan en vacío… en “Buttes-Chaumont”…

Teo R.

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OCHO PATAS

Muchas veces me he preguntado acerca del Miedo¿Qué es el miedo? ¿Te has preguntado alguna vez lo mismo?. Si no te lo has preguntado nunca, quizás este sea un buen momento para hacerlo. No hace falta que contestes ahora mismo, toma el tiempo que consideres necesario hasta poder llegar a una conclusión. Mientras lo piensas te diré lo que pienso yo del Miedo… Después de darle muchas vueltas, conocer y haber experimentado multitud de terroríficas aventuras he llegado a una conclusión…, “el Miedo… no se define, el Miedo… se siente”. Creo que no hay un Miedo igual para todo el mundo, todos tenemos uno diferente, puede que muchos, decenas, cientos… Por ejemplo a mi me aterra pensar que por las noches, cuando estoy tumbado en la cama, hay alguien bajo la misma esperando a que deje colgar mi brazo por uno de los laterales… ¡para agarrarla y tirar fuerte de ella!… Sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina…. Lo mismo a ti esto que te he contado no te da Miedo, y si lo hacen por ejemplo los cementerios… Por eso se me hace muy difícil definir el Miedo, al menos un Miedo que sea para todos igual. Conclusión: prefiero referirme a él como un sentimiento…

Ahora, con la historia que te te voy a contar, quizás entiendas mejor lo que quiero decir. Antes de comenzar, entendería perfectamente que a mitad de la narración cerraras el libro y volvieras a leer historias de hadas y dragones. No, para nada tengo algo en contra de esas historias, a mi también me gustan…, pero es que esta que vas a conocer es una historia real…

Damián era el nombre de su desgraciado protagonista…, y digo era, porque ya no lo es…, bueno si lo es pero…mmm, verás… lo que quiero decir es que Damián… ¡Está bien!…, Damián ya no está entre los vivos, ¿entiendes?… Vamos, que dejó de celebrar cumpleaños a los trece…, de ahí lo de desgraciado protagonista…

Aquella noche, como cualquier otra noche de Sábado, Damián chateaba con sus amigos. Tenía el escritorio lleno de patatas fritas, gominolas y botes de refresco…, la cama sin hacer hacía lo menos dos semanas, y un montón de ropa sucia repartida a lo largo y ancho de la habitación… Vale, todos hemos tenido nuestra habitación algo desordenada alguna vez, pero es que la suya… ¡parecía una auténtica pocilga!. Era un reclamo, el hogar perfecto para que otras criaturas vieran en aquel habitáculo un auténtico paraíso…

- ¡Damián baja la música! – gritó su madre haciendo temblar el cerrojo de la puerta. No era el primer aviso que recibía, el tono alterado y la insistencia con la que su vieja, así la llamaba él, golpeaba sus nudillos contra la puerta lo decía todo.

- Claro mamá, enseguida la bajo… – susurró con tono pasota mientras subía aun más el volumen. Era algo habitual en Damián, él no acataba órdenes, sólo las daba.

En el instituto se había hecho dueño y señor de los patios, no había niño capaz de hacerle frente. Su gran tamaño y la falta de escrúpulos a la hora de tratar a sus compañeros le hacían temible. Más que amigos, tenía una cuadrilla de matones que sólo reían sus gracias y lanzaban proclamas acerca de lo poderoso que era su jefe, para mantener a salvo el culo. Una vez, tuvo a un niño de primero amordazado y encerrado en un cubo de basura durante un día entero, y todo porque sin querer, el chaval había ocupado su silla en el comedor. Cada vez que Damián hacía acto de presencia todo el mundo guardaba silencio y miraba para otro lado…, pobre del que intercambiara con él una sola mirada…, bastaba un segundo para que sus secuaces vieran en ese simple hecho una falta de respeto, y claro, el capo debía mantener su status. La cosa solía terminar, como mínimo, con un par de capones, dos o tres empujones y las risas correspondientes de todos los presentes… Así era Damián, un ser cruel sin oponente alguno. ¡Nadie era capaz de vencerle! ¡Nadie lo haría jamás! ¡Nadie tenía su fuerza! ¡Su enorme tamaño!… Pero estaba muy… pero que muy equivocado.

Como decía antes, Damián estaba en plena sesión de messenger. Mientras aporreaba las teclas del ordenador con sus rollizos dedos, algo llamó su atención. Un pequeño ser que se abrió paso a través de un par de patatas…

- ¿Qué tenemos aquí?… ¿Te has perdido pequeña?…

Damián de un violento manotazo retiró todo aquello que cubría el escritorio, teclado incluido. Allí quedo, cara a cara… con el diminuto visitante…, frente a una minúscula y aterciopelada araña negra de finas y alargadas patas, que campaba a sus anchas entre migas saladas y piedrecitas de azúcar…

- Ven aquí amiguita de ocho patas… ¿Tienes hambre?… - preguntó al sigiloso arácnido mientras acercaba su moflete al borde de la mesa. La araña evidentemente, continuó con su delicado caminar en busca de quién sabe qué…

Damián, de reojo, extendió su brazo hasta coger una de las bolsas vacías de patatas que tenía repartidas a lo largo y ancho de su cuarto… La llevó a su boca, sopló y sopló hasta llenarla por completo de aire y la giro un par de veces para evitar el aire escapara…

- ¿Sabes?… - mientras levantaba la bolsa por encima de su cabeza – …hay algo que me enseñaron en el colegio, aprendí que los bichitos como tú…, nacen, crecen, se reproducen… ¡¡y mueren!!… -  ¡Booom!, de gesto cruel, falto de piedad y lleno de odio, Damián reventó la bolsa contra la mesa, pillando entre medias a la pequeña araña… Esto debió hacerle mucha gracia, ya que comenzó a troncharse de risa mientras señalaba con el dedo el cadáver aplastado de nuestra amiga de ocho patas.

Pero…, la cosa no quedó ahí. Pocos segundos después, sin tiempo a que Damián terminara el monólogo de carcajadas iniciado tras la ejecución del frágil intruso, dos nuevas arañas entraron a escena. La primera, tras escalar por la parte posterior de la pantalla del ordenador, colgada de su propia tela, se dejó caer pegada a la pantalla hasta reposar suavemente a pocos centímetros de un cubilete repleto de rotuladores… Justo de ahí, de entre los rotuladores… surgió la segunda araña. Éstas, a diferencia de su difunta compañera, si parecían tener claro su objetivo…

- Vaya, vaya… ¿Y vosotras?… ¿También queréis patatas?… - ambas adoptaron un peculiar comportamiento… fueron directas a velar el cadáver de la primera visitante. Desde allí, alzaron sus pequeñas patas delanteras como queriendo decir a su gigantesco enemigo que había hecho algo de lo que quizás… se arrepentiría.

- Estoy muy triste… Lo siento, de verdad… ¿Echáis de menos a vuestra amiga?… Bueno, eso tiene fácil solución, quizás yo… pueda hacer que os reunáis con ella… - Una mueca maligna se dibujó en la cara de Damián.

- Ahora…, voy a salir un momento para buscar un par de cosillas que harán que os sintáis mucho más cómodas… - A lo que se refería el joven verdugo, era a un vaso de cristal y a un paquete de cerillas… Podéis imaginar lo que haría con ello…

Las arañas no movían una sola pata, ahí seguían, completamente inmóviles… Damián por el contrario se levantó de la silla, caminó hasta sus zapatillas…, se puso la primera…, y  al ponerse la segunda…

- ¡¡¡Aahhhhh!!!… – sintió una dolorosa punzada que parecía haber atravesado la planta de su pié. De una patada se quitó la zapatilla estrellándola contra la pared…

- ¡¡Maldita sea!!…, pero qué… - no sin esfuerzo, levantó la pierna para ver que era aquello que le había provocado ese terrible dolor… ¿Qué pensáis que fue?… Eso es, una cuarta araña…

- ¡¡Malditas arañas!! – ésta, aunque de forma diferente a la primera, también murió aplastada…

Damián se revolvió como un perro rabioso, y apretando con extremada fuerza dientes y puños, comenzó a pisar el suelo una y otra vez como queriendo rematar lo que tenía pegado al calcetín… Era absurdo, poco podía sentir ya su segunda víctima… Tan desaforado esfuerzo provocó que un repentino mareo poseyera el corpachón de Damián, haciendo que fuera de un lado al otro de la habitación fuera de control… Primero apoyó una mano sobre la silla, ésta se deslizo por el suelo hasta chocar con la cama…, de allí como alma en pena, se dejó llevar hasta una estantería de la intentó agarrarse sin éxito…, rebotado, fue a parar contra el escritorio, y de allí finalmente… ¡al suelo!. Damián había caído como un tronco. El estruendo fue mayúsculo…

- ¡¡Damián, Damián…!! - su madre golpeó de nuevo la puerta – ¡Baja la música de una vez y deja de dar golpes!…

Damián ya no daría más golpes, y si hubiera bajado la música minutos antes, su madre quizás hubiera escuchado los frágiles lamentos que balbuceaba… Mamá, mamá… Susurros sin fuerza que poco a poco se hacían más débiles perdiéndose bajo las atronadoras baterías y solos de guitarra que hacían temblar sus altavoces… El veneno que la diminuta araña había depositado en su pié comenzaba a surgir efecto. El cazador… había sido cazado.

Damián yacía desparramado boca arriba, tirado en el suelo. Una vez perdió definitivamente el habla…, apenas segundos después, unos ligeros pero uniformes y continuados espasmos, acabaron por detener completamente su cuerpo… ¿Estaba muerto?… No, no lo estaba… de momento. Prueba de ello eran las lágrimas que cubrían sus mejillas… Damián no parpadeaba, tenía los ojos abiertos por completo…, los movía de arriba a abajo, de un lado a otro, de manera nerviosa, sin sentido… ¿Lo hacía voluntariamente o era un efecto más del letal veneno?… Fuera como fuere, lo cierto es que se detuvieron en seco, apuntaron fijamente a un foco del techo, señalaban algo que parecía bajar acompañando la cegadora luz, algo que se descolgaba en un silencioso vaivén que iba directo a la cara de Damián. Era… una nueva araña. Era negra, algo más grande que las anteriores, también de finas y largas patas… recubiertas de suaves pelos… Su abdomen era negro azabache, casi azulado…, tan brillante que Damián podía ver reflejado en él, la expresión desencajada de sus ojos… Y allí detuvo su descenso, apenas a unos milímetros de sus empañadas pupilas. La araña, frotaba sus patas traseras sin perder de vista la enorme víctima.

Damián, llevó de repente su mirada a la izquierda… Algo notó sobre su mano, algo que no alcanzaba a ver… Sintió un cosquilleo que zigzagueaba entre sus dedos, un rumor que se deslizaba por la palma de su mano… De no ser por lo trágico de las circunstancias, me atrevería a decir que incluso sentía cosquillas…, pero que terribles cosquillas. Una araña más que acudió a la cita. Desde la mano, recorrió el brazo hasta perderse por debajo de la manga de su camiseta. ¿Dónde iría a parar?

Mientras, la araña que colgaba del techo, agitó el hilo del que pendía hasta que éste se rompió. ¿Puedes imaginar donde fueron a parar esas ocho patas?…, justo a la frente de Damián. El ágil arácnido…, en busca de cobijo, se perdió entre el cabello del chico. Damián podía notarlo, las patas de su nuevo inquilino capilar se abrían paso a través del cuero cabelludo jugando entre sus rizos…

¡¡Un momento!!… Antes de seguir con la historia, quiero que hagas conmigo una cosa… Suelta una mano del libro… y lleva muy despacio el dedo índice al interior del oído… Hazlo muy, muy… despacio… Así es… Ahora acaricia el interior suavemente… hasta que un escalofrío recorra tu brazo…, muy despacio… así… ¿Qué sientes?… ¿Qué escuchas?… Pues exactamente eso es lo que comenzó a sentir Damián… Y ahora… ¿Hace falta que te diga… qué es lo que tenía dentro de su oído?…

La araña que se perdió por debajo de la camiseta, comenzó a moverse de nuevo… Espeluznantes cosquilleos, continuos escalofríos punzaban su espalda hasta que… El tiempo pareció detenerse, incluso cesó la música… Un gélido silencio se cernió sobre el cuerpo paralizado de Damián… Una tensa calma que apenas duró tres segundos… Fue entonces cuando sintió como si dos incandescentes alfileres penetraran en su interior…, uno en el cuello…, otro… en el mismo cerebro… Un seco y rígido espasmo arqueó de un chasquido el cuerpo de Damián hasta que su corazón… dejó de latir para siempre…

A la mañana siguiente, ante las múltiples llamadas sin respuesta su madre para que Damián se levantara, su padre no tuvo más remedio que romper la cerradura… Lo que sus padres encontraron allí…, permanecerá en sus retinas para el resto de sus vidas… Su hijo, estaba tumbado en el suelo con la cabeza completamente envuelta en telas de araña… Cuando los médicos forenses acudieron al lugar y se las retiraron, encontraron en el interior de su boca… una bolsa de patatas…, la misma con la que Damián mató la primera araña…

¿Qué?… ¿Has sentido miedo?… Seguramente no. Quizás algo de asco, picores, algún que otro escalofrío…, pero poco más. Como te dije al principio, creo que el Miedo no se define, el Miedo se siente…, y para sentir el Miedo que seguramente sintió Damián, deberías pasar por su misma experiencia…, pero no te veo por la labor ¿verdad?… Aunque nunca se sabe…, yo por si acaso de ahora en adelante… miraría muy bien las zapatillas… antes de ponérmelas…

Teo R.

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Una décima de segundo, ese fue el tiempo que tardó en aparecer… Reflejada en el cristal de mis retinas, con la intensidad de un relámpago, se dibujó una imagen de tez albina y diabólicamente angelical. ¿Sería real aquella aparición? ¿Sería fruto de algún tipo de ensoñación o desvarío? ¿Una jugada más del agotamiento que gobernaba mi cuerpo?…

Mis sentidos se sonrojaron ante tal avalancha de sensaciones sin palabras. Se clavaron en mí unos heladores y descarados ojos acaramelados, adornados en sus inmediaciones por susurrados tonos violetas y un exagerado cerco ébano que acentuaba aun más lo celestial de aquella visión. Su rostro liso, marfilado, de fisonomía casi artificial y simetría magistral, estaba enmarcado en una larga melena de incierto color que reposaba desordenadamente sobre desnudos hombros…

Brazos finos y estilizados, vientre plano y esculpido, piernas largas y firmes, su cuerpo era todo un alarde de perfectas proporciones hecho para deleitar, para ser admirado. Vestía completamente de negro, como su boca… Allí me detuve, en el silencio desgarrador y sinuoso de aquellos labios. Hipnótica espiral de sugerentes tentaciones, un fantasioso recorrido de deseo por el que me deslizaba caprichosamente…

Inmerso en un oasis de cristalinos murmullos de naturaleza extraordinaria era consciente de que mi ser era poseído por una, cada vez más, extraña perversión. Todo era demasiado perfecto. Debía estar soñando. ¿Has tenido alguna vez esa sensación?, sabes que estás soñando pero no quieres despertar, temes que suene el móvil, la alarma, que un ruido o la luz de la mañana te saque de tu propia ilusión…

Hice esfuerzos por mantener viva mi fantasía, pero aquella secuencia de mágicos fotogramas se desvanecía sin que pudiera hacer nada. Todo se fundió en negro, sentí que flotaba en la oscuridad, libre de cualquier contacto físico. Muy a mi pesar, el chirriante ambiente y el repetitivo traqueteo, rompieron la tranquilidad que domaba mis pensamientos. Desperté. Aún a oscuras, suspiré profundamente añorando lo que hacía apenas unos segundos me aislaba de la exasperante y mediocre realidad…

Abrí los ojos, no daba crédito, ¡era imposible!, volví a cerrarlos, conté hasta tres y los abrí de nuevo. ¡¡Ella, ella estaba allí!! ¡¡Sentada a mi lado!!, justo donde se había quedado en mi sueño. Todos y cada uno de los detalles que cautivaron en silencio mi mente eran ahora reales, posaban de igual manera junto a mí. El descaro de su mirada, la brillantez de su piel, lo estilizado y sinuoso de su figura, el silencio apasionado de sus labios… su hechizo…

Ella estaba allí…, pero no me atreví a decir nada… Hoy, cada vez que entro en este vagón… miro su asiento…, la imagino ahí sentada… Hoy sé que la próxima vez que la mire a los ojos… será para siempre

Teo R.
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Recuerdo la última vez que nos vimos… A pesar de sus intentos por hacerme creer que las cosas iban mejor…, sus ojos me decían otra cosa. Era una de esas personas que con la mirada te contaban todo… sin necesidad de pronunciar una sola palabra… En ellosl había cansancio, tristeza, dolor, culpa…, sobretodo eso… mucha culpa…

“Todo está bien…, de verdad… Este tiempo me ha venido bien para aclarar muchas cosas… Incluso he pensado en el trabajo…”… Eso me dijo…, pero no…, no era eso lo que quería decir… “Venía en el coche pensando en una historia alucinante de fantasmas…, ¡¡la mejor historia que he escrito jamás!!…”… Sin quererlo eso fue lo que le delató… Él jamás decía nada de sus historias…, jamás había hablado acerca de la calidad de las mismas…, y menos aún las comparaba… Como él decía siempre… “cada historia es diferente…, cada historia es una parte de mí…, cada historia cuenta lo que pasa por aquí…”… mientras ponía su mano sobre el pecho… Y esa noche… no lo hizo. Esa noche su mano… estaba ocupada… …

Guardé silencio…, esperaba a que él sacara el tema… ¿Qué tema?…, te preguntarás… … La verdad es que no era uno…, en los últimos meses las cosas se habían torcido bastante… Todo muy seguido… Un golpe tras otro… Era imposible que en unos cuantos días… todo aquel dolor quedara atrás… Él era fuerte… pero comencé a pensar que quizás no lo suficiente…

Cada segundo que pasaba… le era más difícil mantener esa sonrisa… Era demasiado forzada… Los músculos de la cara… y sobretodo su corazón… se veían incapaces de contener tantas y tan dolorosas emociones… Cuando me dijo que ya estaba preparado para volver…, quizás debí decir o hacer algo para impedirlo… “¿Sabes que ella me quiere verdad?…”… No pude decir nada. “…ella me quiere a su lado…”… Mi corazón se detuvo…

Caminó de un lado a otro de la habitación…, sacudía sus brazos…, estaba muy nervioso. De repente se detuvo frente a un… …”¿sabes de qué va la historia?…” preguntó…, yo respondí con otra pregunta… ¿la qué ibas pensando en el coche?… Sólo quería ganar tiempo… … Agacho su cabeza y segundos después levantó su mirada clavándola en mí sus ojos… Fue entonces cuando entendí definitivamente… que la cosa no acabaría bien…

Su boca comenzó a temblar…, un movimiento descontrolado de los labios acompañado de una respiración quebrada por un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas…, precedieron a unas palabras rotas que ahora si comenzaban a decir la verdad…

“…¿Sabes?…, la historia es de un fantasma… De una mujer que se aparece… en mitad de la noche para recordar a su amado… que ella se ha ido…, y que se ha ido para siempre…”…

Sin parpadear… se acerco un poco más a….

“Unas veces… las manos finas…, pero heladas de ella…, se cuelan bajo las sábanas hasta clavar sus uñas en la espalda de él…, otras… simplemente aparece de pié junto a la ventana…, y en otras… incluso ella se abraza a él para susurrarle al oído… algo que…, algo que me parte el alma… ‘la culpa…, todo fue culpa tuya’…, eso dice… eso me dice… …, y lleva razón…, ella se ha ido por mi culpa… Lo tenía todo…, ella lo tenía todo… ¿Cómo crees que me siento?… ¿Eh?… ¡¡¡¡Dime!!!!…. ¡¡¡¡¿Cómo crees que me siento?!!!!”…

Las lágrimas comenzaron a brotar empapando en dolor y angustia sus mejillas…, …mis mejillas… … Mi garganta se hizo un nudo…, mi garganta… que también era la suya… Apreté con fuerza una de mis manos…, llevé la otra lentamente a mi cabeza…, que… era su cabeza…, ambos cerramos los ojos y… …nuestro dedo índice… hizo el resto… Un latigazo de fuego… paró el tiempo en silencio… Paró una mitad de mi vida…

Lo siguiente que vi… fue mi cuerpo caer frente a un… …frente a un espejo salpicado en sangre… sobre el que había pegada una hoja con… su última historia…, con mi última historia…, UNA DE FANTASMAS que acaba justo ahora…, justo cuando el reloj marca las 21:18h…

Teo R.
sangre

Los hechos acontecieron en el lugar más tenebroso que la mente humana alcance a fabricar, en un lugar en el que sólo respirar el aire encerrado en su interior era capaz de hacerte sentir en compañía de alguien a pesar de tener la certeza de que nadie más estuviera allí contigo…

La noche era tranquila, abierta a la negrura, punteada con miles de estrellas que de vez en cuando se dejaban caer huidizas…, quizás sabedoras de lo que el destino ocultaba bajo ellas en ese lugar…, en ese viejo caserón. El edificio emergía retorcido de entre un mar de sauces llorones que abrazaban sus desgastadas pero firmes paredes…, paredes por las que ascendía la hiedra hasta perderse por todas y cada una de las ventanas que parecían llorar aterradas. Y es que allí… nada quedaba libre del espanto…

Baldosas grises, bañadas por la neblina que fluía a ras de suelo, salpicaban un embarrado camino que conducía hasta la puerta de entrada. Una enorme puerta de madera, negra como unos ojos cerrados, taladrada por el viento y lluvia…, abrasada por el sol, penetrada por el tiempo…

El viento, de tremendo esfuerzo, hacía lo imposible por balancear un oxidado columpio que se resistía a chillidos bajo los matorrales que cubrían sus retorcidos hierros. Parecía lamentarse, echar de menos lejanos y olvidados momentos llenos de sonrisas que iban y venían, que iban… y venían… Pero todo en aquel lugar parecía haberse ido…, todos se habían ido… ¿He dicho todos?…

La luna, como única lámpara encendida a esas horas de la madrugada, esbozaba ligeros reflejos grises que se abrían paso por ventanales y tragaluces, mostrando aun si cabe, un interior más inquietante y misterioso. Nada parecía lo que realmente era…, pero eso…, eso si era lo que parecía. Era él, El Sr. Eric Mapaud, el propietario de la casa, el dueño de aquel lugar…

La oscuridad lo cubría todo. El Sr. Mapaud yacía tumbado en el suelo, a los pies de unas resquebrajadas escaleras que conducían en amplia curva a la planta superior del caserón. Sus ropas ceñidas y aterciopeladas, antiguas pero de impecable aspecto, cubrían casi por completo su delgada figura. Una larga melena gris, tapaba a jirones la mitad de su rostro, la otra mitad descansaba apoyada en el piso. ¿Qué hacía allí tirado? ¿Qué le pasaba?… ¿Estaba muerto?…

Parecía despertar. Primero fue un dedo, luego otro…, a continuación fue la palma de la mano lo que arrastró sin fuerzas hasta llevarla a su cuello… Allí se detuvo, tanteó con delicadeza su nuca antes de ponerse en pié. Sus piernas temblaban frágiles, parecía que de un momento a otro cederían al peso de su cuerpo. Permaneció inmóvil unos segundos hasta asegurar que no regresaría a la posición en la que había despertado. Miró a un lado y otro…, buscaba con la punta de sus dedos algo que le fuera familiar. Pero parecía no reconocer nada…

El rostro de Mapaud reflejaba un estado desencajado, puntiagudos y ahuecados pómulos servían de base a unos profundos ojos negros carentes de expresión, que incrustados en delirantes cuencas, iban de izquierda a derecha en busca de una explicación a tan desconcertado estado mental.

- ¿Hay alguien ahí? – preguntó a la penumbra – ¿Hay…?…
Inmediatamente después de pronunciar aquellas palabras llevó sus manos a los oídos…, los golpeó y volvió a preguntar…
- ¡¿Hay alguien ahí?! – gritó mostrando, entre agrietados labios amoratados, unos descolocados y amarillentos dientes .

No sólo quedó sin respuesta…, lo inquietante es que él, no era capaz de escuchar sus propias palabras… Una y otra vez repitió la inútil llamada de auxilio que no hacía más que rasgar sus cuerdas vocales y hacer latir las venas que por momentos aumentaban en grosor a lo largo de su frente y cuello. Pero allí no había más que oscuridad…, una espeluznante quietud.

Paso a paso, tanteando con suma prudencia la barandilla de la escalera, el perdido Sr. Mapaud llegó a la planta superior. Ante lo borroso de sus ojos, tendido en la penumbra, un profundo pasillo invitaba a batirse en retirada. A pesar de ello, y dado que no podía fiarse de lo que dictaban sus sentidos, decidió adentrarse en él… Sus torpes movimientos le hicieron tropezar con un jarrón que cayó al suelo estallando en mil pedazos. No pudo verlo, tampoco escucharlo…, pero si pudo sentir los trozos golpear contra sus pies. Clavó las rodillas en el entablillado piso y buscó con sus manos aquello que le había golpeado. En plena investigación, algo llegó a él…, algo que rozó su brazo. Esto le hizo retirarlo sobresaltado de los restos de porcelana y ocultarlo tras de si. ¿Qué había sido eso? Mapaud apoyo la espalda contra la pared y guardó silencio. Apuró la respiración al máximo a la espera de cualquier otra señal que le diera pistas. Poco a poco, desde la lejanía sonora pero cercana presencia corpórea, Mapaud sintió, enredada entre sus piernas, una sigilosa caricia… Decidió armarse de valor ante lo desconocido y extendió su brazo hasta contactar con aquello que jugueteaba junto a él…

- ¿Poe?…, ¿Poe… eres tú?… – respiró aliviado tras reconocer quién había acudido a su llamada. Le era conocido, era Poe, un enorme y fiel gato negro que desde hacía años era su única compañía. Este hecho relajó los nervios de Mapaud. Ahora sabía que ese era su gato, los recuerdos llegaban con cuentagotas, pero lo fundamental es que llegaban. Sus oídos comenzaban a captar el ronroneo de Poe…, ¡ya podía escuchar sus propias palabras!, y lo más importante…

- Esta es mi casa… Si… estoy en mi casa… – dijo con amplia sonrisa sujetando entre sus manos la cabeza del gato.

Pero algo le puso de nuevo en alerta… Al fondo del pasillo…, de la oscuridad, surgió un destello cegador que automáticamente hizo que protegiera sus ojos tras los brazos. ¡Esto no puede estar pasando!, pensó. Quedo bloqueado, no fue capaz de reaccionar, no dijo una sola palabra… Dibujada en la luz, se distinguía perfectamente la silueta de una persona, que tras unos segundos de total parálisis se giró lentamente perdiéndose de nuevo en la penumbra… ¿Quién estaba allí?…

Mapaud lejos de asustarse, se levantó apretando los puños y mirando exactamente al lugar de donde había surgido la luz…, esa sombra humana. Una ira incontrolable ardía sin control en su mirada…

- Nadie entra en mi casa… – masculló entre dientes.

Dedicó una cómplice mirada a Poe elevando su dedo índice hasta sus labios…, antes de iniciar un cauteloso caminar que le llevó hasta la puerta de la que había surgido la luz. Una vez allí, pegó su cara a la puerta y escuchó algo que no fue de su agrado. Efectivamente al otro lado había alguien, al menos dos personas que entre risas, faltaban a su persona, pero no era eso lo que realmente encendió la ira en el interior de Mapaud. Lo que no estaba dispuesto a perdonar, es que aquellos intrusos hubieran osado a entrar en sus dominios…, en su casa…, en su habitación…

- Podéis reír cuanto queráis…, podéis hacerlo acerca de mi demacrado aspecto, de mi fina figura, de mi voluntaria y deseada soledad… ¡De mi vida!… – continuó en sus pensamientos – Pobre de vosotros, pobre desgraciados…, no sabéis donde os habéis metido… Reíd, reíd…, que ni siquiera os daré la oportunidad de arrepentíos… Jamás deberíais haber entrado aquí… Ahora simplemente, vais a pagar por ello…

Eric Mapaud volvía a ser el de siempre, un hombre poderoso que se crece ante la adversidad, un hombre que se alimenta de la soledad, del odio…

- ¡Qué más da! No os necesito, ¡No necesito a nadie! No me entendéis, jamás lo he necesitado… Ahora pasaré ahí dentro y borraré esas malditas sonrisas de vuestras caras… ¡Para siempre!…

Mapaud dejó caer con suavidad su mano sobre el pomo de la puerta y apretó hasta ver el blanco de sus nudillos… Su corazón no latía…, parecía contener toda la rabia en un último latido que estallaría justo al abrir la puerta arrasando con todo aquello que se interpusiera en su camino…

- ¡¡¡Qué demonios hacen aquí!!!… – gritó repleto de furia al abrir la puerta.

¿Has tenido alguna vez esa extraña sensación en la que el tiempo parece detenerse?… Eso es exactamente lo que ocurrió en esa habitación. Dentro no había dos hombres, había tres… El primero, un policía que estaba de pié junto a una cama, el agente sujetaba bajo el brazo una gorra que tardó un segundo en caer al suelo sin que éste reaccionara. Estaba pálido, con gesto rígido y desencajado, sus ojos carecían de mirada, estaban vacíos, no decían nada… El segundo hombre, era un fotógrafo que de cuclillas se disponía a disparar su cámara…, y lo hizo, hasta tres veces seguidas, tres flashazos que ni tan siquiera le hicieron parpadear. Su cara, de no ser por la incontrolable agitación que padecía, hubiera pasado perfectamente por un busto de cera… Ambos, se habían girado sobresaltados hacia la puerta. Quedaron petrificados, no entendían lo que había sucedido, lo que tenían ante ellos… y cómo lo iban entender… El tercer hombre…, colgaba de una enorme viga de madera… con una soga atada al cuello… Aquel hombre… estaba muerto, aquel hombre… era Mapaud.

Teo R.

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