Muchas veces me he preguntado acerca del Miedo… ¿Qué es el miedo? ¿Te has preguntado alguna vez lo mismo?. Si no te lo has preguntado nunca, quizás este sea un buen momento para hacerlo. No hace falta que contestes ahora mismo, toma el tiempo que consideres necesario hasta poder llegar a una conclusión. Mientras lo piensas te diré lo que pienso yo del Miedo… Después de darle muchas vueltas, conocer y haber experimentado multitud de terroríficas aventuras he llegado a una conclusión…, “el Miedo… no se define, el Miedo… se siente”. Creo que no hay un Miedo igual para todo el mundo, todos tenemos uno diferente, puede que muchos, decenas, cientos… Por ejemplo a mi me aterra pensar que por las noches, cuando estoy tumbado en la cama, hay alguien bajo la misma esperando a que deje colgar mi brazo por uno de los laterales… ¡para agarrarla y tirar fuerte de ella!… Sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina…. Lo mismo a ti esto que te he contado no te da Miedo, y si lo hacen por ejemplo los cementerios… Por eso se me hace muy difícil definir el Miedo, al menos un Miedo que sea para todos igual. Conclusión: prefiero referirme a él como un sentimiento…
Ahora, con la historia que te te voy a contar, quizás entiendas mejor lo que quiero decir. Antes de comenzar, entendería perfectamente que a mitad de la narración cerraras el libro y volvieras a leer historias de hadas y dragones. No, para nada tengo algo en contra de esas historias, a mi también me gustan…, pero es que esta que vas a conocer es una historia real…
Damián era el nombre de su desgraciado protagonista…, y digo era, porque ya no lo es…, bueno si lo es pero…mmm, verás… lo que quiero decir es que Damián… ¡Está bien!…, Damián ya no está entre los vivos, ¿entiendes?… Vamos, que dejó de celebrar cumpleaños a los trece…, de ahí lo de desgraciado protagonista…
Aquella noche, como cualquier otra noche de Sábado, Damián chateaba con sus amigos. Tenía el escritorio lleno de patatas fritas, gominolas y botes de refresco…, la cama sin hacer hacía lo menos dos semanas, y un montón de ropa sucia repartida a lo largo y ancho de la habitación… Vale, todos hemos tenido nuestra habitación algo desordenada alguna vez, pero es que la suya… ¡parecía una auténtica pocilga!. Era un reclamo, el hogar perfecto para que otras criaturas vieran en aquel habitáculo un auténtico paraíso…
- ¡Damián baja la música! – gritó su madre haciendo temblar el cerrojo de la puerta. No era el primer aviso que recibía, el tono alterado y la insistencia con la que su vieja, así la llamaba él, golpeaba sus nudillos contra la puerta lo decía todo.
- Claro mamá, enseguida la bajo… – susurró con tono pasota mientras subía aun más el volumen. Era algo habitual en Damián, él no acataba órdenes, sólo las daba.
En el instituto se había hecho dueño y señor de los patios, no había niño capaz de hacerle frente. Su gran tamaño y la falta de escrúpulos a la hora de tratar a sus compañeros le hacían temible. Más que amigos, tenía una cuadrilla de matones que sólo reían sus gracias y lanzaban proclamas acerca de lo poderoso que era su jefe, para mantener a salvo el culo. Una vez, tuvo a un niño de primero amordazado y encerrado en un cubo de basura durante un día entero, y todo porque sin querer, el chaval había ocupado su silla en el comedor. Cada vez que Damián hacía acto de presencia todo el mundo guardaba silencio y miraba para otro lado…, pobre del que intercambiara con él una sola mirada…, bastaba un segundo para que sus secuaces vieran en ese simple hecho una falta de respeto, y claro, el capo debía mantener su status. La cosa solía terminar, como mínimo, con un par de capones, dos o tres empujones y las risas correspondientes de todos los presentes… Así era Damián, un ser cruel sin oponente alguno. ¡Nadie era capaz de vencerle! ¡Nadie lo haría jamás! ¡Nadie tenía su fuerza! ¡Su enorme tamaño!… Pero estaba muy… pero que muy equivocado.
Como decía antes, Damián estaba en plena sesión de messenger. Mientras aporreaba las teclas del ordenador con sus rollizos dedos, algo llamó su atención. Un pequeño ser que se abrió paso a través de un par de patatas…
- ¿Qué tenemos aquí?… ¿Te has perdido pequeña?…
Damián de un violento manotazo retiró todo aquello que cubría el escritorio, teclado incluido. Allí quedo, cara a cara… con el diminuto visitante…, frente a una minúscula y aterciopelada araña negra de finas y alargadas patas, que campaba a sus anchas entre migas saladas y piedrecitas de azúcar…
- Ven aquí amiguita de ocho patas… ¿Tienes hambre?… - preguntó al sigiloso arácnido mientras acercaba su moflete al borde de la mesa. La araña evidentemente, continuó con su delicado caminar en busca de quién sabe qué…
Damián, de reojo, extendió su brazo hasta coger una de las bolsas vacías de patatas que tenía repartidas a lo largo y ancho de su cuarto… La llevó a su boca, sopló y sopló hasta llenarla por completo de aire y la giro un par de veces para evitar el aire escapara…
- ¿Sabes?… - mientras levantaba la bolsa por encima de su cabeza – …hay algo que me enseñaron en el colegio, aprendí que los bichitos como tú…, nacen, crecen, se reproducen… ¡¡y mueren!!… - ¡Booom!, de gesto cruel, falto de piedad y lleno de odio, Damián reventó la bolsa contra la mesa, pillando entre medias a la pequeña araña… Esto debió hacerle mucha gracia, ya que comenzó a troncharse de risa mientras señalaba con el dedo el cadáver aplastado de nuestra amiga de ocho patas.
Pero…, la cosa no quedó ahí. Pocos segundos después, sin tiempo a que Damián terminara el monólogo de carcajadas iniciado tras la ejecución del frágil intruso, dos nuevas arañas entraron a escena. La primera, tras escalar por la parte posterior de la pantalla del ordenador, colgada de su propia tela, se dejó caer pegada a la pantalla hasta reposar suavemente a pocos centímetros de un cubilete repleto de rotuladores… Justo de ahí, de entre los rotuladores… surgió la segunda araña. Éstas, a diferencia de su difunta compañera, si parecían tener claro su objetivo…
- Vaya, vaya… ¿Y vosotras?… ¿También queréis patatas?… - ambas adoptaron un peculiar comportamiento… fueron directas a velar el cadáver de la primera visitante. Desde allí, alzaron sus pequeñas patas delanteras como queriendo decir a su gigantesco enemigo que había hecho algo de lo que quizás… se arrepentiría.
- Estoy muy triste… Lo siento, de verdad… ¿Echáis de menos a vuestra amiga?… Bueno, eso tiene fácil solución, quizás yo… pueda hacer que os reunáis con ella… - Una mueca maligna se dibujó en la cara de Damián.
- Ahora…, voy a salir un momento para buscar un par de cosillas que harán que os sintáis mucho más cómodas… - A lo que se refería el joven verdugo, era a un vaso de cristal y a un paquete de cerillas… Podéis imaginar lo que haría con ello…
Las arañas no movían una sola pata, ahí seguían, completamente inmóviles… Damián por el contrario se levantó de la silla, caminó hasta sus zapatillas…, se puso la primera…, y al ponerse la segunda…
- ¡¡¡Aahhhhh!!!… – sintió una dolorosa punzada que parecía haber atravesado la planta de su pié. De una patada se quitó la zapatilla estrellándola contra la pared…
- ¡¡Maldita sea!!…, pero qué… - no sin esfuerzo, levantó la pierna para ver que era aquello que le había provocado ese terrible dolor… ¿Qué pensáis que fue?… Eso es, una cuarta araña…
- ¡¡Malditas arañas!! – ésta, aunque de forma diferente a la primera, también murió aplastada…
Damián se revolvió como un perro rabioso, y apretando con extremada fuerza dientes y puños, comenzó a pisar el suelo una y otra vez como queriendo rematar lo que tenía pegado al calcetín… Era absurdo, poco podía sentir ya su segunda víctima… Tan desaforado esfuerzo provocó que un repentino mareo poseyera el corpachón de Damián, haciendo que fuera de un lado al otro de la habitación fuera de control… Primero apoyó una mano sobre la silla, ésta se deslizo por el suelo hasta chocar con la cama…, de allí como alma en pena, se dejó llevar hasta una estantería de la intentó agarrarse sin éxito…, rebotado, fue a parar contra el escritorio, y de allí finalmente… ¡al suelo!. Damián había caído como un tronco. El estruendo fue mayúsculo…
- ¡¡Damián, Damián…!! - su madre golpeó de nuevo la puerta – ¡Baja la música de una vez y deja de dar golpes!…
Damián ya no daría más golpes, y si hubiera bajado la música minutos antes, su madre quizás hubiera escuchado los frágiles lamentos que balbuceaba… Mamá, mamá… Susurros sin fuerza que poco a poco se hacían más débiles perdiéndose bajo las atronadoras baterías y solos de guitarra que hacían temblar sus altavoces… El veneno que la diminuta araña había depositado en su pié comenzaba a surgir efecto. El cazador… había sido cazado.
Damián yacía desparramado boca arriba, tirado en el suelo. Una vez perdió definitivamente el habla…, apenas segundos después, unos ligeros pero uniformes y continuados espasmos, acabaron por detener completamente su cuerpo… ¿Estaba muerto?… No, no lo estaba… de momento. Prueba de ello eran las lágrimas que cubrían sus mejillas… Damián no parpadeaba, tenía los ojos abiertos por completo…, los movía de arriba a abajo, de un lado a otro, de manera nerviosa, sin sentido… ¿Lo hacía voluntariamente o era un efecto más del letal veneno?… Fuera como fuere, lo cierto es que se detuvieron en seco, apuntaron fijamente a un foco del techo, señalaban algo que parecía bajar acompañando la cegadora luz, algo que se descolgaba en un silencioso vaivén que iba directo a la cara de Damián. Era… una nueva araña. Era negra, algo más grande que las anteriores, también de finas y largas patas… recubiertas de suaves pelos… Su abdomen era negro azabache, casi azulado…, tan brillante que Damián podía ver reflejado en él, la expresión desencajada de sus ojos… Y allí detuvo su descenso, apenas a unos milímetros de sus empañadas pupilas. La araña, frotaba sus patas traseras sin perder de vista la enorme víctima.
Damián, llevó de repente su mirada a la izquierda… Algo notó sobre su mano, algo que no alcanzaba a ver… Sintió un cosquilleo que zigzagueaba entre sus dedos, un rumor que se deslizaba por la palma de su mano… De no ser por lo trágico de las circunstancias, me atrevería a decir que incluso sentía cosquillas…, pero que terribles cosquillas. Una araña más que acudió a la cita. Desde la mano, recorrió el brazo hasta perderse por debajo de la manga de su camiseta. ¿Dónde iría a parar?…
Mientras, la araña que colgaba del techo, agitó el hilo del que pendía hasta que éste se rompió. ¿Puedes imaginar donde fueron a parar esas ocho patas?…, justo a la frente de Damián. El ágil arácnido…, en busca de cobijo, se perdió entre el cabello del chico. Damián podía notarlo, las patas de su nuevo inquilino capilar se abrían paso a través del cuero cabelludo jugando entre sus rizos…
¡¡Un momento!!… Antes de seguir con la historia, quiero que hagas conmigo una cosa… Suelta una mano del libro… y lleva muy despacio el dedo índice al interior del oído… Hazlo muy, muy… despacio… Así es… Ahora acaricia el interior suavemente… hasta que un escalofrío recorra tu brazo…, muy despacio… así… ¿Qué sientes?… ¿Qué escuchas?… Pues exactamente eso es lo que comenzó a sentir Damián… Y ahora… ¿Hace falta que te diga… qué es lo que tenía dentro de su oído?…
La araña que se perdió por debajo de la camiseta, comenzó a moverse de nuevo… Espeluznantes cosquilleos, continuos escalofríos punzaban su espalda hasta que… El tiempo pareció detenerse, incluso cesó la música… Un gélido silencio se cernió sobre el cuerpo paralizado de Damián… Una tensa calma que apenas duró tres segundos… Fue entonces cuando sintió como si dos incandescentes alfileres penetraran en su interior…, uno en el cuello…, otro… en el mismo cerebro… Un seco y rígido espasmo arqueó de un chasquido el cuerpo de Damián hasta que su corazón… dejó de latir para siempre…
A la mañana siguiente, ante las múltiples llamadas sin respuesta su madre para que Damián se levantara, su padre no tuvo más remedio que romper la cerradura… Lo que sus padres encontraron allí…, permanecerá en sus retinas para el resto de sus vidas… Su hijo, estaba tumbado en el suelo con la cabeza completamente envuelta en telas de araña… Cuando los médicos forenses acudieron al lugar y se las retiraron, encontraron en el interior de su boca… una bolsa de patatas…, la misma con la que Damián mató la primera araña…
¿Qué?… ¿Has sentido miedo?… Seguramente no. Quizás algo de asco, picores, algún que otro escalofrío…, pero poco más. Como te dije al principio, creo que el Miedo no se define, el Miedo se siente…, y para sentir el Miedo que seguramente sintió Damián, deberías pasar por su misma experiencia…, pero no te veo por la labor ¿verdad?… Aunque nunca se sabe…, yo por si acaso de ahora en adelante… miraría muy bien las zapatillas… antes de ponérmelas…
Teo R.
