BUTTES-CHAUMONT

Caminaba por la Rue Botzaris… Su paso era lento, con intermitentes pausas en las que dirigía su mirada hacia las copas de los árboles que llenaban ese lugar al que nunca… … Las hojas, volaban por encima de la verja…, caían rendidas a sus pies…, a su elegancia negra…, a esa figura que hasta dibujada en aquellas sombras… era tan bella como siempre… Tan bella como nunca… Un alarde tan desproporcionado… que cualquier tesoro a su lado parecía un simple puñado de arena… Avanzó dos pasos…, luego uno…, y uno más… así hasta ocho…, y allí se detuvo…

Cuando giró la cabeza… una intensa y seca sacudida recorrió mi nuca… Por un momento quise levantar la mano para decir “estoy aquí…, aquí…”… “he venido por ti…, por fin he venido…”… Pero… …, se giró de nuevo mostrando a mis cansados ojos su larga melena…, esa espiral de caricias en la que tantas veces habían quedado atrapados mis dedos… No pude más que agachar la mirada… y rendirme a la evidencia…, por mucho que doliera…, por mucho que ahogara…, por mucho que faltara el aire… …Segundos después…, un soplido impregnado de dulzura…, de su dulzura…, me avisó… Ella no estaba…, las hojas se la habían llevado…

Poseído por los nervios…, corrí en silencio calle abajo…, la impaciencia paró en seco mis agónicos pasos…, miré a la izquierda, a la Rue Fessart…, busqué bajo las intermitentes farolas…, balbuceé a la oscuridad sin que ésta me dijera nada…, pregunté a las nubes…, pregunté a la luna…, pero ni ella quería saber nada de mí… No había nada… no quedaba nada de ella…, pero… ¡¡detuve el tiempo!!… Pensé que no…, pensé que no sería capaz… pero si lo hizo… …

En mitad de la calma… sus zapatos golpeaban el suelo pidiendo mi atención… De igual manera que el Templo de la Sibila…, que majestuoso desde su cima dejó de mirar por un instante al barrio de Montmartre… Su cúpula parecía llamarme con disimulo…, quizás para que ella no se diera cuenta… Sin pensar más de lo necesario… me dejé guiar por impulsos que destilaban débiles pálpitos de esperanza… Quizás esta noche…

A un lado treinta metros de roca permanecían atentos…, a sus pies… un lago que se heló expectante…, frente a mí… un largo paseo flanqueado por bancos perfectamente alineados… En uno de ellos… en uno de ellos estaba ella… Descansaba sentada…, jugaba con sus dedos a oscuras…, el pelo tapaba su rostro…, pero daba igual… era como si lo estuviera viendo… ¡¡cómo demonios no iba a hacerlo!!…, ¡¡cómo demonios iba a olvidarlo!!!… Bastó la primera vez que lo vi, bastó su primera mirada…, bastó su primer beso en aquellas escaleras… para dejarlo grabado para siempre en el lugar que nadie más ocupó como ella…

El viento me empujó… Las ramas de los árboles crujían animosamente a que diera el paso…, a que por fin me reuniera con ella en ese lugar que…, que tantas veces… “¡¡¡Está bien.., está bien…!!…, ya voy…”… … Y eso hice…, caminé hacia ella… A cada paso que daba estaba más convencido de que ya no había vuelta atrás…

Estaba a su lado…, tan cerca que sentía como su aroma me abrazaba…, que sentía sus latidos como si fueran míos… Pero ella…, ella seguía perdida entre sus dedos…, entre su melena… Un diminuto chapoteo vino del lago… posiblemente una rana que no soportaba tanta indecisión… o quizás se tiró desde su piedra para decirme “…¡¡lánzate tú!!…”… ¡¡No sabía qué hacer!!… ¡¡maldita sea… pensaba que una rana me estaba hablando!!… ¡¡Qué los árboles me animaban!!… ¡¡¡Que el viento me empujaba!!… Me estaba volviendo loco… Ella me estaba volviendo loco…

Inspiré con todas mis ganas el valor necesario para sentarme junto a ella… eso hice… Mis piernas temblaban…, mis manos intentaban calmarlas…, pero temblaban aún más…, hubiera gritado ¡¡¡quietas!!!…, pero mi voz hubiera temblado aún más… de hecho creo que articular palabra hubiera sido misión imposible… Necesitaba poner en calma mi estado… Pero…

Sus manos descubrieron el objeto de su juego…, un anillo… Un diamante, que ahora tornaba en cielo bajo sus ojos…, coronaba el aro…, la yema de sus dedos lo acariciaban…, pero ya no brillaba… ¿querría devolver con sus caricias el brillo pasado?… Ya no sentía… ya no valía nada… Pero… no paraba de frotarlo…, incluso lo intentó con una lágrima que rompió contra él en un último esfuerzo… Pero… inútil esfuerzo… No lo consiguió…

Sigilosamente…, como para no querer ser vista… depositó con suavidad el anillo sobre el banco… Lo acarició por última vez… y se levantó… Segundos después… su figura envuelta en luto… se perdió arrastrada por el viento… arropada por los árboles… Y allí quedé…, en aquel lugar al que nunca fui…, en aquel lugar… en el que nunca he estado… Junto al anillo…, junto al banco en el que ella grabó cuatro números que siempre quiso enseñarme…, cuatro números que me hicieron sentir y que tantas veces susurró a mis oídos… Cuatro números… que ahora suenan en vacío… en “Buttes-Chaumont”…

Teo R.

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