Los hechos acontecieron en el lugar más tenebroso que la mente humana alcance a fabricar, en un lugar en el que sólo respirar el aire encerrado en su interior era capaz de hacerte sentir en compañía de alguien a pesar de tener la certeza de que nadie más estuviera allí contigo…
La noche era tranquila, abierta a la negrura, punteada con miles de estrellas que de vez en cuando se dejaban caer huidizas…, quizás sabedoras de lo que el destino ocultaba bajo ellas en ese lugar…, en ese viejo caserón. El edificio emergía retorcido de entre un mar de sauces llorones que abrazaban sus desgastadas pero firmes paredes…, paredes por las que ascendía la hiedra hasta perderse por todas y cada una de las ventanas que parecían llorar aterradas. Y es que allí… nada quedaba libre del espanto…
Baldosas grises, bañadas por la neblina que fluía a ras de suelo, salpicaban un embarrado camino que conducía hasta la puerta de entrada. Una enorme puerta de madera, negra como unos ojos cerrados, taladrada por el viento y lluvia…, abrasada por el sol, penetrada por el tiempo…
El viento, de tremendo esfuerzo, hacía lo imposible por balancear un oxidado columpio que se resistía a chillidos bajo los matorrales que cubrían sus retorcidos hierros. Parecía lamentarse, echar de menos lejanos y olvidados momentos llenos de sonrisas que iban y venían, que iban… y venían… Pero todo en aquel lugar parecía haberse ido…, todos se habían ido… ¿He dicho todos?…
La luna, como única lámpara encendida a esas horas de la madrugada, esbozaba ligeros reflejos grises que se abrían paso por ventanales y tragaluces, mostrando aun si cabe, un interior más inquietante y misterioso. Nada parecía lo que realmente era…, pero eso…, eso si era lo que parecía. Era él, El Sr. Eric Mapaud, el propietario de la casa, el dueño de aquel lugar…
La oscuridad lo cubría todo. El Sr. Mapaud yacía tumbado en el suelo, a los pies de unas resquebrajadas escaleras que conducían en amplia curva a la planta superior del caserón. Sus ropas ceñidas y aterciopeladas, antiguas pero de impecable aspecto, cubrían casi por completo su delgada figura. Una larga melena gris, tapaba a jirones la mitad de su rostro, la otra mitad descansaba apoyada en el piso. ¿Qué hacía allí tirado? ¿Qué le pasaba?… ¿Estaba muerto?…
Parecía despertar. Primero fue un dedo, luego otro…, a continuación fue la palma de la mano lo que arrastró sin fuerzas hasta llevarla a su cuello… Allí se detuvo, tanteó con delicadeza su nuca antes de ponerse en pié. Sus piernas temblaban frágiles, parecía que de un momento a otro cederían al peso de su cuerpo. Permaneció inmóvil unos segundos hasta asegurar que no regresaría a la posición en la que había despertado. Miró a un lado y otro…, buscaba con la punta de sus dedos algo que le fuera familiar. Pero parecía no reconocer nada…
El rostro de Mapaud reflejaba un estado desencajado, puntiagudos y ahuecados pómulos servían de base a unos profundos ojos negros carentes de expresión, que incrustados en delirantes cuencas, iban de izquierda a derecha en busca de una explicación a tan desconcertado estado mental.
- ¿Hay alguien ahí? – preguntó a la penumbra – ¿Hay…?…
Inmediatamente después de pronunciar aquellas palabras llevó sus manos a los oídos…, los golpeó y volvió a preguntar…
- ¡¿Hay alguien ahí?! – gritó mostrando, entre agrietados labios amoratados, unos descolocados y amarillentos dientes .
No sólo quedó sin respuesta…, lo inquietante es que él, no era capaz de escuchar sus propias palabras… Una y otra vez repitió la inútil llamada de auxilio que no hacía más que rasgar sus cuerdas vocales y hacer latir las venas que por momentos aumentaban en grosor a lo largo de su frente y cuello. Pero allí no había más que oscuridad…, una espeluznante quietud.
Paso a paso, tanteando con suma prudencia la barandilla de la escalera, el perdido Sr. Mapaud llegó a la planta superior. Ante lo borroso de sus ojos, tendido en la penumbra, un profundo pasillo invitaba a batirse en retirada. A pesar de ello, y dado que no podía fiarse de lo que dictaban sus sentidos, decidió adentrarse en él… Sus torpes movimientos le hicieron tropezar con un jarrón que cayó al suelo estallando en mil pedazos. No pudo verlo, tampoco escucharlo…, pero si pudo sentir los trozos golpear contra sus pies. Clavó las rodillas en el entablillado piso y buscó con sus manos aquello que le había golpeado. En plena investigación, algo llegó a él…, algo que rozó su brazo. Esto le hizo retirarlo sobresaltado de los restos de porcelana y ocultarlo tras de si. ¿Qué había sido eso? Mapaud apoyo la espalda contra la pared y guardó silencio. Apuró la respiración al máximo a la espera de cualquier otra señal que le diera pistas. Poco a poco, desde la lejanía sonora pero cercana presencia corpórea, Mapaud sintió, enredada entre sus piernas, una sigilosa caricia… Decidió armarse de valor ante lo desconocido y extendió su brazo hasta contactar con aquello que jugueteaba junto a él…
- ¿Poe?…, ¿Poe… eres tú?… – respiró aliviado tras reconocer quién había acudido a su llamada. Le era conocido, era Poe, un enorme y fiel gato negro que desde hacía años era su única compañía. Este hecho relajó los nervios de Mapaud. Ahora sabía que ese era su gato, los recuerdos llegaban con cuentagotas, pero lo fundamental es que llegaban. Sus oídos comenzaban a captar el ronroneo de Poe…, ¡ya podía escuchar sus propias palabras!, y lo más importante…
- Esta es mi casa… Si… estoy en mi casa… – dijo con amplia sonrisa sujetando entre sus manos la cabeza del gato.
Pero algo le puso de nuevo en alerta… Al fondo del pasillo…, de la oscuridad, surgió un destello cegador que automáticamente hizo que protegiera sus ojos tras los brazos. ¡Esto no puede estar pasando!, pensó. Quedo bloqueado, no fue capaz de reaccionar, no dijo una sola palabra… Dibujada en la luz, se distinguía perfectamente la silueta de una persona, que tras unos segundos de total parálisis se giró lentamente perdiéndose de nuevo en la penumbra… ¿Quién estaba allí?…
Mapaud lejos de asustarse, se levantó apretando los puños y mirando exactamente al lugar de donde había surgido la luz…, esa sombra humana. Una ira incontrolable ardía sin control en su mirada…
- Nadie entra en mi casa… – masculló entre dientes.
Dedicó una cómplice mirada a Poe elevando su dedo índice hasta sus labios…, antes de iniciar un cauteloso caminar que le llevó hasta la puerta de la que había surgido la luz. Una vez allí, pegó su cara a la puerta y escuchó algo que no fue de su agrado. Efectivamente al otro lado había alguien, al menos dos personas que entre risas, faltaban a su persona, pero no era eso lo que realmente encendió la ira en el interior de Mapaud. Lo que no estaba dispuesto a perdonar, es que aquellos intrusos hubieran osado a entrar en sus dominios…, en su casa…, en su habitación…
- Podéis reír cuanto queráis…, podéis hacerlo acerca de mi demacrado aspecto, de mi fina figura, de mi voluntaria y deseada soledad… ¡De mi vida!… – continuó en sus pensamientos – Pobre de vosotros, pobre desgraciados…, no sabéis donde os habéis metido… Reíd, reíd…, que ni siquiera os daré la oportunidad de arrepentíos… Jamás deberíais haber entrado aquí… Ahora simplemente, vais a pagar por ello…
Eric Mapaud volvía a ser el de siempre, un hombre poderoso que se crece ante la adversidad, un hombre que se alimenta de la soledad, del odio…
- ¡Qué más da! No os necesito, ¡No necesito a nadie! No me entendéis, jamás lo he necesitado… Ahora pasaré ahí dentro y borraré esas malditas sonrisas de vuestras caras… ¡Para siempre!…
Mapaud dejó caer con suavidad su mano sobre el pomo de la puerta y apretó hasta ver el blanco de sus nudillos… Su corazón no latía…, parecía contener toda la rabia en un último latido que estallaría justo al abrir la puerta arrasando con todo aquello que se interpusiera en su camino…
- ¡¡¡Qué demonios hacen aquí!!!… – gritó repleto de furia al abrir la puerta.
¿Has tenido alguna vez esa extraña sensación en la que el tiempo parece detenerse?… Eso es exactamente lo que ocurrió en esa habitación. Dentro no había dos hombres, había tres… El primero, un policía que estaba de pié junto a una cama, el agente sujetaba bajo el brazo una gorra que tardó un segundo en caer al suelo sin que éste reaccionara. Estaba pálido, con gesto rígido y desencajado, sus ojos carecían de mirada, estaban vacíos, no decían nada… El segundo hombre, era un fotógrafo que de cuclillas se disponía a disparar su cámara…, y lo hizo, hasta tres veces seguidas, tres flashazos que ni tan siquiera le hicieron parpadear. Su cara, de no ser por la incontrolable agitación que padecía, hubiera pasado perfectamente por un busto de cera… Ambos, se habían girado sobresaltados hacia la puerta. Quedaron petrificados, no entendían lo que había sucedido, lo que tenían ante ellos… y cómo lo iban entender… El tercer hombre…, colgaba de una enorme viga de madera… con una soga atada al cuello… Aquel hombre… estaba muerto, aquel hombre… era Mapaud.
Teo R.
